miércoles, 18 de enero de 2012

Sunday's Diary IV

20 de Diciembre de 2015

Dile a tu madre “Avísame cuando alguien importante vaya a aparecer” o bueno, directamente no lo hagas. Da la sensación de que no te escuchan. Al menos a mí me da la sensación de que ella no lo hace a pesar de sus: “Te estoy escuchando, cariño” cuando me cruzo de brazos delante suya y frunzo el ceño. En realidad quizá a mis casi diecisiete años tendría que haber asumido ya que aunque le repita las cosas hasta la saciedad hay algunas de ellas que ignora. Posiblemente las que yo considere más importantes y ella por el contrario considera que son nimiedades.

Por supuesto cabe la posibilidad de que si sea una nimiedad y yo esté convirtiéndolo en una cosa totalmente diferente. Será que no puedo evitarlo. Soy una adolescente y las adolescentes tendemos a magnificar las cosas, ¿no?

No creo que olvide las miradas sobre mí cuando he entrado en el despacho de mi madre, mirándome. Enseguida he pensado “¡Oh mierda! He interrumpido algo importante. Seguro”. Siempre es lo primero que hago nada más llegar a casa del instituto, nunca me preguntó si hay alguien porque ella me suele avisar. Mis ojos fueron a parar en el montón de papeles que había amontonados en una parte de su escritorio, los que normalmente está revisando a esas horas. Aún en estos momentos en que estoy escribiendo esto no entiendo cómo es posible que no me percatase de las voces que llegaban desde dentro del despacho. Claro que eso fuera posiblemente por ir escuchando música en vez de dejar de hacerlo nada más cruzar las puertas del ayuntamiento.

Mea culpa.

Recuerdo haber balbuceado algo, un intento de disculpa antes de echarme un vistazo a mí misma, preguntándome porque me miraba de aquella manera aquel tipo. Por supuesto... Empezando por mis cabellos morenos que estaban recogidos en una trenza de la que se escapaban algunas hebras de pelo, hasta llegar a mi vestimenta: camisa blanca, chaqueta azul y una falda plisada a cuadros de diferentes tonos azulados. El uniforme del colegio.

Tuve el impulso de darme la vuelta e irme de allí, pero mi madre se me adelantó presentándome al desconocido que había en la habitación. No pude evitar sorprenderme cuando el apellido Vasiliev salió de labios de mi madre. Tenía delante de mí al hijo del primer mago ejecutado en Londres (y en el mundo) y no sabía cómo reaccionar o qué hacer, a pesar de haber sabido manejarme siempre en múltiples situaciones.
Por suerte el me ha tendido la mano y he dejado de parecer una estatua. Se me ha antojado una persona distante y seria, muy seria, tanto que me he sentido más pequeña de lo que soy en su presencia (en todos los sentidos, además). Debo de haberme quedado más segundos de los necesarios mirándole antes de haber rodeado el escritorio de mi madre y empezado a clasificar los papeles que había sobre el mismo, mientras fingía no escuchar la conversación que habían retomado.

¡Por supuesto que les prestaba atención!

27 de Julio de 2016

Supongo que es algo que ha ido pasando paulatinamente. Ha sido algo que ha ido evolucionando a lo largo de los meses que han ido pasando. Me resulta irónico pensar que aquella primera tarde me pareciese una persona seria y distante, y que ahora cada vez que le veo, cruzo una mirada con él o simplemente oigo su voz, mi corazón de un vuelco dentro de mi pecho. He de admitir que al principio no sabía que me estaba pasando y a que venía aquella necesidad de toparme con él siempre que pudiera.

Ahora que sé lo que me pasa y por qué me pasa no sé si sentir más miedo que antes. Me he llegado a preguntar a mi misma si es simplemente un capricho más o uno de esos amores platónicos que tenemos las adolescentes. Todas tenemos ese amor adolescente mayor que nosotras, ¿no?... Y aún así algo dentro de mí me hace pensar seriamente que no es sólo eso, que es algo mucho más profundo.

Algo como lo que sentí por Jacques. Lo que sentí por Jacques y tuve miedo de admitir por no salir herida, porque no quería que acabase pasándome lo mismo que a mi madre. Posiblemente el miedo que estoy sintiendo ahora en algún rincón de mi ser, no sea por miedo a lo que siento... Si no, miedo a que otra vez salga corriendo, como si realmente sintiese que ese sentimiento tan puro pudiera asfixiarme. Por supuesto también está ese miedo lógico al rechazo que en mi caso se ve acrecentado por la diferencia de edad..., y es que once años son bastantes. Me hace replantearme muchas veces sino debería mirar hacia otro lado e ignorar lo que siento para así poder olvidarlo. Además de que no me veo capaz de confesarle lo que siento, sería hacer un ridículo espantoso... ¿Qué persona de veintinueve años va a fijarse en una chica de dieciocho que hasta hacía poco llevaba aún uniforme de instituto? Ridículo solo pensarlo.

Y por muy ridículo que pueda parecer una parte de mi anhela que todo lo que yo siento sea correspondido de alguna manera por él... Un sueño lejano, que no obstante no deja de repetirse en mi cabeza como si fuera un bucle. Un bucle infinito. Mi subconsciente lo lleva cada noche a mi mente haciéndolo real en el lejano mundo de los sueños pero dejándome totalmente desamparada una vez despierto y vuelvo a la realidad.
Cada mañana cuando me levanto sigo el mismo ritual que he seguido durante años pero con una pequeña diferencia. Una que sólo conozco yo. Entro en el despacho de mi madre y le deseo un feliz día antes de partir a mis quehaceres y sé que él está con ella y como cada día me da los buenos días, consiguiendo que ese calor tan reconfortante que siento cada vez que lo hace, llegué a todas las partes de mi cuerpo, como si fuese una luz que se enciende desde el centro de mi corazón y lo ilumine todo... Llenando todo de una agradable y mágica luz.

Si los magos realmente creen que la magia es solamente aquella que pueden convocar mediante una varita, están muy equivocados. Hay magia más allá de los hechizos y las pociones. Es ese tipo de magia invisible pero que deja una huella impresa en nosotros. Una huella que por mucho tiempo que pase sigue allí en algún recodo de nuestro ser. Bendita sea esa magia que yo siento cada mañana..., cada vez que oigo su voz o que se dirige a mí aunque sea para pedirme algo absurdo, en esos momentos tengo la sensación de que me ve, de que sabe que existo...

También es posible que sean solo ilusiones mías... Preciosas sí, pero ilusiones al fin y al cabo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario