Entradas

Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de enero de 2014

Terra y Fauno

Esta historia empieza hace muchos años, incluso antes de que existiese la tierra y la propia vida. Es una historia que se remonta antes de la creación del mundo tal y como lo conocemos. Antes de que los continentes adquirieran los nombres por los que hoy en día los conocemos. Ocurrió hace miles, millones, billones de años...

Dos espíritus que vagaban sin rumbo por el ilimitado universo decidieron que era el momento adecuado de usar el poder con el que habían empezado a existir de una manera útil, creando aquello que bullía en sus mentes desde hacia tiempo y nunca habían sabido cómo crear. Posiblemente el problema hubiese estado en el hecho de que hasta el preciso instante en que decidieron usar sus dones no habían aprendido como usarlos, porque no habían tenido una necesidad real de ello.

Durante muchos años las leyendas que plagaron el mundo les conocieron como La Diosa de la Creación y el Dios de la Vida, por haber hecho precisamente eso: crear el mundo y la vida de la nada. Terra que siempre fue cariñosa y dulce, decidió usar su don divino para hacer realidad el mundo que ahora poblan los humanos y al que le puso su mismo nombre, para de este modo ser recordada durante el tiempo que el planeta existiera. Extendió sus brazos y con sus manos dibujo una circunferencia imperfecta en medio del universo, cerca de dos de los astros más importantes: el sol y la luna. El sol porque iba a ser la fuente de vida de todo aquello que fuese a existir dentro de aquella imperfección aún vacía y la luna porque del mismo modo que el sol daría vida, tenía que haber algo que diese lugar al descanso y a la oscuridad, contradiciéndose a la luz y la calidez del astro rey.

Se quedó observando su creación aún vacía mientras Fauno la observaba con curiosidad como si quisiera anticipar el siguiente movimiento de su hermana que se cruzo de piernas en medio del espacio mirando con atención el comienzo de su creación. Una sonrisa cruzó su rostro antes de llevarse una de sus manos a sus cabellos oscuros arrancándose un mechón de los mismos que dejó caer dentro de aquella circunferencia y que empezaron a dibujar formas en su interior que después de un destello eran de colores marrones y verdes y además estaban separados entre sí por trozos de “nada”. Había creado los continentes y sonrió satisfecha en especial cuando su hermano frente a ella asintió en silencio. La tierra roja, la naturaleza... Si se acercaba y metía la cabeza en aquella circunferencia, podía ver como si realmente estuviese muy cerca su propia creación. Podía extender la mano y notar la hierba bajo sus yemas e incluso contemplar los árboles.

Invitó a su hermano a explorar su creación y cuando este pareció conforme, sus ojos brillaron de emoción. Por fin todas aquellas ideas que había tenido tanto tiempo en su cabeza se estaban llevando a cabo y por la mirada de su hermano estaba consiguiendo su propósito. Aún así ella creía fervientemente que faltaba algo. Esa “nada” tenía que rellenarse con algo. Que algo que de alguna manera conectase todos aquellos pedazos de tierra roja, pero que al mismo tiempo no fuese aquel vacío, aquel agujero negro que de alguna manera parecía unirse más al espacio exterior.

Pensó y pensó durante largo tiempo bajo la mirada de Fauno hasta que pareció dar con la respuesta. Sus ojos se elevaron hasta encontrarse con los de él y entonces los cerró dejando que unas pocas lágrimas rodasen por sus mejillas antes de tomar unas pocas con sus delicados dedos y dejarlas caer dentro de la creación. Las lágrimas cayeron en el vacío y se extendieron con rapidez llenando aquellos espacios entre la tierra de agua. Agua salada y agua dulce. Salada porque habían sido fruto de las lágrimas y dulce porque su creadora poseía un corazón dulce y tierno que había creado la Tierra con todo el cariño que albergaba dentro de ella.

Dio paso entonces a su hermano, haciéndole un gesto con la mano, invitándole a dar su parte a aquello que habían decidido crear. Él la miró unos segundos antes de acercarse y decidió que empezaría por aquello que su hermana había dejado para lo último. Miró a su alrededor unos segundos como si estuviese buscando algo, pero aparte del sol, la luna, los planetas y las estrellas allí no había nada. Al final metió una de sus manos dentro de la Tierra hasta alcanzar el mar tomando agua en la palma de la mano. La acercó hasta sus labios y sopló con suavidad. El agua desapareció de su palma y en su lugar las diferentes especies acuáticas chapoteaban intranquilas. Rió divertido antes de esparcirlas por el mar que su hermana había creado. La miró unos segundos y entonces recordó que había creado dos tipos de agua y repitió la operación esta vez con el agua dulce, creando hacía la fauna marina tanto de agua salada como dulce.

Terra ilusionada empezó a aplaudir como si se tratase de una niña pequeña que acababa de ver la mejor actuación del mundo, en realidad así era. Fauno la observó unos segundos antes de que sus labios se perfilasen en una fina sonrisa. Le acarició uno de los mechones de su largo cabello y aunque parecía que iba a arrancárselo sin piedad alguna, sus dedos simplemente se deslizaron como si estuviesen peinándolo.

Volvió a introducir su mano en el globo terráqueo, tomando en esta ocasión tierra, piedras, hierbas y hojas de diferentes árboles. Junto ambas palmas de las manos, con todas aquellas piezas entre ambas. Levantó la mirada hacia Terra antes de estrujar con fuerza las manos, seguro de que todo lo que había dentro se había convertido en polvo. Incluso se aventuró a mirar separando ligeramente las manos, pero sin dar oportunidad a la curiosidad de su hermana para ver lo que había. Las agitó unas cuantas veces y volvió a mirar a Terra esbozando una amplia sonrisa. Sonidos llenaban el universo en aquel momento y Terra enseguida supo que provenían de las manos de su hermano que la dejó con la curiosidad unos momentos más antes de volver a introducirlas en la tierra y abrirlas. Aves de todas las clases, así como todos los mamíferos que puedas imaginar salieron de las manos de Fauno y fueron a posarse en diferentes puntos del mundo, la mayoría en manadas y en zonas con los climas adecuados para ellos.

Dejó escapar una risita cuando vio como su hermana los observaba emocionada, siguiendo cada uno de sus pasos por aquel mundo que había creado y, cuando sabía que ella no se daría cuenta agarró un mechón de su cabello y esta vez si se lo arrancó. Terra se volvió hacía el mirándole, en sus ojos una mezcla de curiosidad y enfado, viendo como el mismo se arrancaba un mechón de pelo que entrelazó a continuación con el de su hermana. Una vez entrelazados los hizo girar varias veces entre sus dedos con sus ojos fijos en ellos antes de volverse hacía el mundo y dejarlos caer en su interior.

Terra estaba segura de que no iba a pasar nada, mientras que Fauno cruzó los brazos orgulloso de sí mismo. Seguro de que iba a funcionar y en efecto, funcionó. A medida que iban cayendo hacía el interior de la tierra algo los hizo descomponerse, hacerse mil pedazos pero lo más maravilloso de aquello fue que de cada uno de aquellos pedazos, nació una figura a imagen y semejanza de Terra y Fauno. El hombre y la mujer. Ella sin creérselo miró a su hermano antes de sonreírle totalmente orgullosa de él.

Una sonrisa que se apagó cuando vio su mirada. Una mirada que había pasado del orgullo que sentía por haber logrado aquello a una tristeza que ella no entendía. Notó como le acariciaba la mejilla y se acercaba a uno de sus oídos. Los labios de su hermano apenas se separaron, apenas se movieron pero pudo entender perfectamente lo que le dijo. En ese momento supo que aquello era una despedida, un adiós y sus ojos por primera vez en tanto tiempo se llenaron de lágrimas de tristeza.

“Nos volveremos a encontrar”.

Le miró negando con la cabeza mientras las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas. ¿Por qué ahora que habían cumplido con su misión tenían que separase? No era justo. Pero sabía en el fondo de ella misma que aquello tenía que ser así. Su hermano le tendió la mano y aunque temblorosa, ella la tomó entre las suyas. Sabía que aquella era la última vez que le iba a ver de aquella forma, con aquel aspecto, pero también sabía que una vez se fusionasen todo iba a cambiar. Él sonrió y ella le devolvió la sonrisa antes de que aquella luz salida de la nada les fuese ocultando el uno al otro de su vista. Empezaron a sentir como su cuerpo se deshacía y se convertía en algo más. En algo mágico. En algo poderoso. Hasta que todo aquel poder estalló, provocando una lluvia de luz que cayó sobre todos los puntos de la tierra, tocando cada una de sus partes... Cada lágrima de luz rozó, tocó o acarició a cada uno de los animales, así como plantas, hombres y mujeres que vagaban por la tierra dotándoles del sentido de la ley y el orden, pero lo más importante de todo es que les dotaron de un alma.

La fusión de Terra y Fauno había conferido un alma a cada uno de los seres vivos del planeta y aunque se habían separado, aunque aquel último regalo al mundo había supuesto que ellos se separaran, volverían a encontrarse en aquel mundo. Dos gotas, dos lágrimas de luz que habían caído en la tierra y se habían transformado en algo totalmente distinto, mágico y poderoso, encerraban en su interior el alma dormida de Terra y Fauno, una vez fueron hermanos pero a los que ahora les esperaba un destino aún más grande. Iban a estar conectados, unidos siempre, para toda la eternidad de un modo u otro.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Ivy

Esta entrada se la dedico a mi Fighter.
Te quiero un montón (:


Erase una vez… ¿por qué todos los cuentos empiezan de la misma manera y terminan de la misma manera?

Ivy levantó la mirada hacía el estrellado cielo mientras esa pregunta daba vueltas por su pequeña cabeza. Tenía apenas diez años y ya se cuestionaba incluso las cosas más mundanas. Tenía una mente demasiado aguda, perspicaz y nada se le escapaba. Aquella pregunta había acudido a su cabeza en el mismo momento en que había pensado que la vida no era tan bonita como la pintaban todos aquellos cuentos.

- ¿Qué haces? - La voz del muchacho llegó desde detrás y la pequeña tuvo que volver la cabeza para poder enfrentarse a aquellos ojos claros que la miraban.

- Pensar. - Respondió sin más volviendo a poner la mirada en las estrellas. Ellas la guiaban por aquel mundo de tinieblas, ellas le hacían ver luz al final del túnel, aunque a ella le parecía un túnel eterno, en el que la luz siempre estaba demasiado lejos como para que ella la alcanzase. Suspiró mientras volvía una vez la mirada hasta la del chico.

- Sabes que no les gusta que estemos aquí a estas horas... - ¡Claro que lo sabía! Lo sabía de sobras, pero por eso mismo ella salía. Estaba harta de estar encerrada en aquel sitio. Si todos los cuentos tenían final feliz, ¿por qué ella llevaba cuatro años en un orfanato? ¿Por qué sus padres habían tenido que morir en aquel accidente de tráfico dejándola completamente sola? Cerró los ojos unos segundos. Podía tener el aspecto de una niña de diez años, pero había vivido cosas que habían hecho que aquella niña desapareciera demasiado pronto, que su inocencia se esfumara.

- Lo sé. ¿Me acompañas dentro? - El muchacho sonrió, con una inocencia plasmada en el rostro que pocas veces, por no decir ninguna vez, se veía en el rostro de Ivy. Se acercó a la pequeña siendo a simple vista más alto que ella y se acercó hasta darle un suave beso en la mejilla. Desde el primer día que había llegado a aquel pequeño orfanato, el pequeño Larry sentía como si fuese su hermana pequeña, a la que tenía que proteger y ayudar.

- Si lo sabes. ¿Por qué sales? - Se quedó pensativa unos segundos mientras él la acompañaba hasta el interior. Enseguida notó el cambio. Fuera hacía el frío característico de una tarde de invierno, mientras que dentro el calor los envolvía a todos, con sus suaves brazos, reconfortándoles, aunque a Ivy nunca le reconfortarían del mismo modo que los brazos de sus padres. Nada podría asemejarse nunca a ese toque.

- Porque me apetece, simplemente. - Sonrió, esbozando una divertida sonrisa en su rostro poblado de pequeñas pecas por allí y por acá. Unos juguetones tirabuzones caían a ambos lados del rostro de la muchacha que movía sus ojos verdes queriendo abarcar todo lo que había en la habitación. Había pasado por ella infinidad de veces, pero cada vez que volvían a entrar la observaba como si fuese la primera vez.

- ¿En qué pensabas? - La castaña había despertado su curiosidad. Era misteriosa a ojos de todos los demás, incluidos los suyos. Era como alguien que parecía inalcanzable. Tan distinta a los demás y en el fondo tan semejante. Allí todos estaban solos en el mundo.

- En porque las princesas de cuento siempre tienen un final feliz. - El niño se quedó mirando a su amiga unos segundos pero no hizo ningún comentario. Aquella noche se acostó con la misma pregunta que había rondado por la cabeza de Ivy cuando había ido a buscarla fuera.

Diez años más tarde Larry e Ivy compartían una pequeña casita a las afueras de la ciudad donde habían crecido. Una vez cumplieron la mayoría de edad ambos decidieron irse de aquel orfanato, dejar el pasado atrás y comenzar una nueva vida, aunque nadie les dijo que sería fácil. Amigos desde siempre compartían todos sus miedos y secretos, aunque Ivy pocas veces hablaba de lo que le había pasado a los seis años. Consideraba que hablar de las cosas malas de la vida sólo hacía que toda pareciera más gris de lo que de por sí era.

- Hay que tener esperanza. - Le había dicho a Larry a los diecinueve años cuando su amigo había estado a punto de tirar la toalla. El joven había mirado con sus claros ojos a la muchacha y se había arrepentido inmediatamente. Ella, después de todo, lo tenía peor que él en muchos aspectos y nunca tiraba la toalla. Siempre estaba dispuesta. Avanzaba, por mucho que le costase, sin rendirse, sin flaquear en ningún momento y era algo digno de admirar. Había conseguido más de lo que cualquiera hubiese esperado.

La escena vivida casi diez años atrás estaba a punto de repetirse. Larry salió al pequeño jardín que tenían en la parte de atrás, donde Ivy miraba las estrellas que iluminaban otra vez el cielo aquella noche. Tenía una sonrisa plasmada en el rostro, algo que se había hecho normal desde que cumpliese los doce años. Desde el momento en que decidió que por muy mal que la tratara la vida ella seguiría adelante, que no importaba lo fino que fuese el hilo que la mantenía en equilibrio, ella seguiría sujetándose a él con fuerza.

- ¿Pensando en princesas de cuentos? - Preguntó Larry cuando llegó hasta la muchacha, agachándose junto a ella para quedar a su misma altura algo que hacía más de lo que se daba cuenta. Era un gesto totalmente inconsciente.

- No. Pienso en la respuesta a la pregunta que te hice hace años… Aquella noche. ¿Recuerdas? – Le preguntó la castaña virando la mirada hasta dónde se encontraba él con una sonrisa en el rostro. Larry enseguida supo que había encontrado la respuesta a aquella pregunta que había formulado aquella noche años atrás.

- ¡Claro que la recuerdo! ¿Y cuál es la respuesta? – Preguntó con curiosidad. Una curiosidad creciente, puesto que Ivy a lo largo de los años le había demostrado que era una joven muy viva y con mucha imaginación, pero que aún y así tenía los pies sobre la tierra.

-Que cada uno es la princesa y el príncipe de su propio cuento y que todo tiene un final feliz. Solo hay que ver la vida con esperanza. - Larry arqueó una ceja ante la respuesta de su amiga, apoyando un brazo en la silla de Ivy que volvió el rostro hacía él. -Sí tienes esperanza, no importa lo mal que te vaya la vida, siempre encontrarás un camino mejor… ¿Me llevas dentro?

-Por supuesto. - Contestó el muchacho con una sonrisa mientras empujaba la silla de ruedas de su amiga hasta el interior de su casa, asombrado por lo que acababa de decirle. A los seis años quedó condenada a vivir toda su vida postrada en una silla, sin poder volver a caminar, sin poder volver a disfrutar de muchas cosas de la vida. Aquel accidente se había llevado no solo a sus padres, también se había llevado su movilidad y aún así, ella nunca había decaído, siempre había hecho una vida normal. Había aprendido a moverse por el mundo sin poder utilizar sus piernas.


Había tenido la esperanza de que la vida algún día la recompensaría y Larry estaba seguro de que así sería.

jueves, 8 de marzo de 2012

Prudence y Charlie

This entry is dedicated to my Charming boy
'cause he deserves it and has helped me a lot these past few months.
Thank u very much!

Ah! And don't forget that make someone smile is easier than you think ;)

It goes also dedicated to the owner of Charlie
a dear friend.

---------------------------------------------------------------------------------------------
De: tededicounasonrisa@live.com
Para: arsenalforever@hotmail.com
Asunto: ¡Hola, hola!

Querido Charlie:

Deje mi casa hace unos días, ahora estamos en un hotel y en cuanto mi madre haya arreglado unas cosas aquí en Londres que tiene pendientes aquí partiremos hacía Roma. La verdad que si no fuese por el trabajo de mi madre, ahora mismo me daría pánico tener que volar, pero hace tantos años que cojo aviones, que realmente…, es casi como algo normal.

Se me hace extraño…, escribirte en vez de salir a casa y caminar durante unos cuantos minutos hasta aquella calle donde siempre nos encontrábamos. Siempre con ese “Buenas tardes, señorita” siempre las mismas palabras, acompañadas de una sonrisa en tu rostro. Es como si después de tantos meses se hubiese convertido en nuestro saludo, siempre acompañados de dos besos en la mejilla o un abrazo.

¿Sabes qué es lo que más lamento? No haberte conocido antes. Quiero decir…, yo siempre estuve allí, entre los aldeanos del lugar, entre las caras de todos aquellos desconocidos para ti y hasta que no me tropecé contigo en aquel pequeño café derramándote todo el contenido de mi taza, un café, nunca lo olvidaré, no me hice visible a tus ojos.

Te costo aceptar mi invitación, pero al final aceptaste y se que de habernos conocido años antes nuestra relación hubiese sido tal y como fue ahora, ¿por qué debería haber sido distinta? Somos las mismas personas que éramos años atrás.

Me da tantisima pena que hayas terminado tus estudios, porque de no haber sido así le hubiese pedido a mi madre que aplazara nuestro viaje a Roma, aunque tengo que admitir que es una buena oportunidad para estudiar Literatura Italiana. Lo que siempre he querido hacer a pesar de no tener los mismos estudios que tienes tú, ya sabes… nunca tuve el dinero para ir a una de las prestigiosas escuelas privadas. No tuve esa suerte. A veces ser hijos únicos tiene esa ventaja…, solemos poder convencer a nuestros padres de una manera más fácil, en mi caso, al menos. El hecho es que siendo que tú terminaste, no tengo excusa alguna para pedirle que nos quedemos aquí. El puesto de trabajo que le han ofrecido a mi madre es bastante bueno y sería egoísta por mi parte pedirle que lo dejase para poder seguir viéndonos.

Al menos nos quedaran estos e-mails…

Por cierto, la última vez que nos vimos no me comentaste que tal te fueron las notas. Espero que aquellos trucos que te dí y esos pequeños consejos te sirvieran de algo y al menos aprobaras. No importa la nota, lo importante es aprobar. Así que ya sabes ¡cuenta, cuenta, cuenta…!

Me despido así hasta la próxima, tengo que ayudar a mi madre con algunas cosas y bueno como no vaya ahora mismo es capaz de decapitarme (me ha llamado a gritos unas cuatro veces ya) y como no me gusta dejar las cosas a medias, prefiero terminar esta primera carta aquí y listos.

Espero tener noticias tuyas pronto, a pesar de que solo hayan pasado unas semanas desde la última vez que nos vimos.
Con cariño,
Prudence.

De: arsenalforever@hotmail.com
Para: tededicounasonrisa@live.com
Asunto: Re: ¡Hola, hola!
Querida Prudence:

¡No tienes ni idea de la alegría que me ha hecho ver a tu e-mail en la bandeja de entrada esta mañana! No pude leerlo hasta hoy por problemas de conexión y creo que hasta mi padre ha notado que estaba de mejor humor, aunque como siempre, no me pregunto nada.

Pensaba que te habrías olvidado y que al final la promesa de escribirnos había quedado en eso, en simples palabras que como la mayoría de estas se quedaban al final en nada, veo que en tu caso cumpliste la promesa… Te iba a escribir yo el primero, pero como dijiste que querías hacerlo tú, supongo que al final deje la decisión en tus manos. Me alegra saber que es esta tu decisión.

A mi también se me hace bastante raro, en realidad se me ha hecho bastante raro leer tu e-mail, en lugar de escuchar tu voz. Es extraño, supongo que nos tendremos que acostumbrar a ello, porque como tu misma bien has dicho no nos queda otra.

La verdad que ahora que te conozco y que hemos intercambiado tantas conversaciones, se me hace imposible no haberte visto antes es más, he llegado a tener la sensación de que te conocía de toda la vida y es una pena que solo hayamos tenido un año para conocernos y que ahora tengas que irte tan lejos. Quien sabe a lo mejor dentro de unos años podemos volver a vernos, ¿no? Además te lo repetiré las veces que haga falta, no todos los días te ofrecen una plaza en una universidad extranjera, ni te dan la oportunidad de hacer lo que de verdad deseas hacer, así que… como ya te dije, aprovecha la oportunidad y disfrútalo lo máximo que puedas. Que no me entere yo de que no lo haces, ¡eh!. Yo como te imaginarás sigo pensando que hacer con mi vida…, soy un desastre, ya sabes…

¡Tienes razón! ¿Cómo se me pudo olvidar? Bueno, mejor dicho, como se le pudo olvidar a doña estudiosa. De verdad que no se como puedes ser tan meticulosa con las cosas. ¡Ah! Tus consejos me fueron de perlas…, a saber que habría hecho yo sin ti…! De verdad que me fueron bastante bien, aunque quiero que sepas que yo solo podría habérmelas apañado. Aprobé todas las asignaturas que cursaba en este último año, así que señorita más le vale a usted felicitarme (sabes que no es necesario que lo hagas eh!) ¿Quieres una copia de las notas para estar satisfecha del todo?

Cuéntame como te fue el viaje hasta Roma y por supuesto como son las cosas por ahí… Si necesitas cualquier cosa, puedes pedírmela, aunque este lejos…, bueno, haré un esfuerzo para intentar ayudarte. Para algo están los amigos, ¿no?

Un saludo,
Charlie.



Estaba nerviosa. ¡Claro que lo estaba! A cualquier chica de veintiún años algo así la pondría nerviosa. Le temblaban las manos mientras pasaba la mirada del reloj de la pared al teléfono que había sobre la mesa junto a ella. Sabía lo que quería hacer pero no se atrevía. Descolgaba y volvía a colgar. Marcaba y antes de que diera tono volvía a colgar. Era ridículo. Lo sabía. Cinco minutos, diez, quince, veinte…, sigue contando y sus nervios aumentaban. Si tan sólo fuese capaz de descolgar el teléfono y marcar el número…

Al final se armó de valor y consiguió marcar y no colgar. Un tono, dos tonos… y entonces la oyó. Esa voz. La voz que consiguió que el corazón le diese un vuelco, que le sudasen las manos y que de la misma emoción unas lágrimas amenazaran con salir.

-¿Sí? ¿Oiga?

La voz insistía. Quería respuesta y ella parecía sentirse incapaz de responder. Se había quedado petrificada. Una de esas reacciones del cuerpo que no era capaz de controlar. Solían ser más fuertes que ella.

-¿Hay alguien ahí?

Claro que había alguien, pero sentía que sus palabras se habían quedado atoradas en alguna parte de su garganta. En un momento de calor, su voz pareció superar aquel pequeño obstáculo.

-Hola…

Silencio. Un largo y casi agonizante silencio fue lo que siguió a aquella palabra. Era algo que se esperaba. Hacía muchos años que no oía su voz. Ni siquiera le había dado nunca su número de teléfono, pero Melinda tenía contactos o más bien su madre. En resumen tenía el poder suficiente para mover algunos hilos y conseguir aquello que quería, como algo tan simple como un número de teléfono.

-¿Prue? ¿Eres tú?

Claro que era ella. Melinda, Prudence, ¿qué más daba? Era la persona al otro lado del teléfono eso era todo. Uno de los ayudantes de su madre entró en la habitación. Silencioso observando a la jovencita que sonreía ligeramente por alguna razón al teléfono, para los trabajadores Melinda Levine siempre había sido una muchacha demasiado callada. Ni siquiera parecía que el hecho de que su madre fuese famosa y que ella misma saliese a menudo por televisión desde hacía unos cuantos años, la reconocieran por la calle y demás, cambiaría su forma de ser y aquella sencillez que parecía que rodeaba a la castaña.

-Sí. Claro que soy yo. - el hombre la miró unos segundos, pero la jovencita ni siquiera había parecido advertir su presencia, así que de la misma forma que apareció, desapareció dejando a la muchacha con sus cosas. Seguía siendo una chica de veintiún años con sus sueños, su vida y sus ambiciones. Era una chica como otra cualquiera.

-Vaya… ¿cómo conseguiste mi número de teléfono?
Parecía sorprendido y no era para menos. A él le sorprendería el hecho de oírla (y que hubiese conseguido su número de teléfono) a ella le sorprendía haber tenido el valor para hacerlo. Aquello era demasiado importante para ella, un paso del que más tarde podía arrepentirse, pero era su vida. Aquella parte de su vida que nadie conocía, aquellas citas a escondidas y los e-mails que nadie conocía eran su verdadera vida. Su verdadero yo.

-Tengo mis contactos.- ensanchó su sonrisa después de haber dicho esas palabras. Había sido posiblemente la primera vez que se había alegrado de que su madre tuviese aquellos contactos y ella la posibilidad de acceder a ellos. -Iba a escribirte, pero… Esta me pareció una manera más personal de contactar contigo.

Posiblemente él no entendiera nada. Durante años se había negado a que hablasen por teléfono. No quería que él se gastara tantísimo dinero llamando a Roma. Era consciente de que su situación económica era muy distinta a la suya y ella, por su parte no quería que nadie descubriera eso. Era su secreto.

-¿Charlie?
El silencio que había en el otro lado de la línea, la asustaba y por un momento tuvo la sensación de que le habían colgado y ella tan en su mundo como estaba ni siquiera se había dado cuenta. ¡Baja de las nubes! Se dijo a sí misma.

-Sigo aquí, Prue… Solo que me sorprende. Nunca quisiste esto. ¿Por qué ahora, sí?

¿Estaba enfadado? ¿Molesto? En parte era normal y peor sería si descubría todo. La muchacha respiró hondo. Ahora llegaba la mejor parte del porque de aquella llamada telefónica después de cuatro años. Cuatro largos años.
- Porque ahora estoy en Londres, Charlie.- más silencio. Aquella había sido y con mucha diferencia la conversación telefónica más extraña que había tenido en su vida. Estaba compuesta de silencios, largos…, desesperantes, pero seguidos de respuestas esperanzadoras, llenas de aliento, de algo que llevaba mucho tiempo esperando.

-¿Estás en Londres? ¿En serio? ¡Eso si que es una buena noticia!
Si había habido algún atisbo aunque fuese pequeño de molestia en la voz del chico los últimos minutos había desaparecido para dar paso a la emoción, la sorpresa. La misma emoción que llevaba embargándola a ella desde que había pisado aquel país. La misma que había conseguido que sus ojos verdes brillasen a pesar de no derramar ninguna lágrima.

-¿Por qué no me lo dijiste en tu último mail?

-Pensé que esto era más personal. Además tenía ganas de volver a oír tu voz. - ¡Oh Dios! No podía creerse que hubiese dicho aquello en voz alta. Dicho estaba, eso estaba claro. Lo que no se esperaba es que él contestase como contestó.

-Yo también tenía ganas de oír tu voz.

Y aunque ella no lo estuviese viendo en ese momento, una sonrisa asomó en el rostro del rubio que tenía la mirada incrédula fija en el televisor encendido del pequeño salón de su casa aunque sin prestar realmente atención a las imágenes que pasaban por delante de sus ojos azules.

-Sigo sin creerme que estés aquí, ¡en Londres! No me estarás gastando algún tipo de broma, ¿no? - preguntó angustiado y ella no pudo evitar soltar una carcajada al otro lado del teléfono mientras aunque él no pudiese verla negaba suavemente con la cabeza. Se había levantado del sofá donde había estado sentada y se había dirigido con teléfono en mano a una de las ventanas de la habitación. Mentiría si dijera que no había echado de menos Inglaterra y su casa. Su habitación de siempre.

-¿Cómo voy a bromear con algo así? ¿Estás loco?

Una respuesta para aquella segunda pregunta pasó por la cabeza del muchacho y casi salió de sus labios, pero en el último momento había pensado (acertadamente seguramente) que quizá eso hubiese sonado demasiado atrevido. No quería cagarla en aquel momento con ella.

-No claro que no, solo preguntaba. Esto…, Prue…

-Dime.

De repente había vuelto a sentir los mismos nervios que la habían invadido antes de atreverse a coger el teléfono y marcar. Era como si supiera de antemano lo que iba a preguntarle. Él por su parte aunque estaba deseando preguntarlo, tenía miedo a que la respuesta no fuese la que quería oír.

-¿Crees que hay alguna posibilidad de vernos? - una vez preguntado el joven aguanto la respiración esperando la respuesta al otro lado del teléfono. Ella por su parte sonrió mientras caminaba de vuelta al sofá. Era justo lo que había esperado. El verdadero propósito de aquella llamada.

-Por supuesto que si, estaré encantada de volver a verte. - más que eso, pero siempre había sido bastante prudente con las cosas que decía o dejaba de decir. -¿Dónde siempre a la misma hora de siempre? - para eso faltaban unas cuantas horas. Horas en las que se prepararía mentalmente y se concienciaría de que lo que iba a pasar era real.

-Trato hecho.

Soltó una risa fruto de aquellos nervios que sentía y se sintió aliviada al oír que el muchacho respondía de la misma manera.

-Hecho entonces. Hasta luego Prue.


-Hasta luego Charlie.- se quedó unos momentos callada antes de colgar el teléfono. Hubiese deseado no tener que hacerlo nunca y quedarse con esa voz en su cabeza, no terminar nunca con esa conversación y él sintió exactamente lo mismo en el momento en que colgó el teléfono y el único sonido que volvió a inundar sus oídos era el del televisor encendido.

lunes, 16 de enero de 2012

Love Letter

Puesta a rescatar cosas, rescato una ñoñada de hace dos años... !

--------------------------------------------------------

¿Qué se dice? ¿Hola? ¿Querido amigo? Pues como yo siempre he sido diferente solo diré: Una vez más...

Me llenó de gozo recibir una carta tuya. Sonará estúpido, pero cada semana espero con ansias a que llegue una más. Mis amigas incluso me han llegado a preguntar, que porque esa emoción por recibir otra de tus cartas. Dudo que alguna vez lleguen a entender lo que significan para mí estas cartas, aquellos encuentros…

Los echo de menos. Quizá ante otras personas no lo admita, ni siquiera admito que pienso en todo aquello, en algo lejano. Algo que era perfecto o mejor dicho, que rozaba la perfección, porque todos sabemos que la perfección en sí misma no existe…, solo la podemos rozar. Yo la rozaba en cada uno de aquellos encuentros, que ahora se han visto reducidas a cartas semanales…, a veces mensuales. Estas últimas son las más difíciles de esperar… Te hacen pensar, meditar… ¿Qué pasará el día que no llegué otra? ¿El día que yo misma me canse de contestar? Las pocas veces que lo he pensado, he llegado a la conclusión de que será cosa del destino. El destino nos dirá que hacer, introducirá nuevas personas en nuestras vidas y aunque nosotros quisiéramos nadar a contra corriente contra ese destino, acabaría llevándonos con él, solo a donde él quiera guiarnos. Como ahora, como siempre…, por mucho que pese y duela.

Hay gente que dice que el destino lo construimos nosotros, a base de las decisiones que tomamos cada día, de las alternativas que tomamos… Cada día tenemos la alternativa de rendirnos o de seguir hacía adelante. Lo único que tengo claro es que tomemos la decisión que tomemos el destino siempre nos acabara llevando al punto y que si pudiera retroceder este último año, no cambiaría nada. De no haber pasado lo que pasó, de no haber tenido un encuentro fortuito estoy segura de que el destino nos habría unido de otra manera.

Fíjate como son las cosas que me siento más unida a ti que a gente que tengo a mi alrededor diariamente, a pesar de que tu estás a kilómetros de distancia. Es algo tan extraño, a veces ni yo misma lo comprendo…

No recuerdo si en la última carta te llegué a comentar que me iba a París unos días, ya sabes negocios de mi madre y aprovechando que estoy de vacaciones me pidió que la acompañara, pues mira como es la vida que hoy estando aquí, en París (que por cierto es preciosa) me ha parecido ver a alguien que se parecía muchísimo a ti, ¿puedes creerlo? En París. Por un momento pensé que era un espejismo, una alucinación, pero al momento sentí que de ser más valiente habría ido a averiguar si eras tú…, que tontería, ¿no? ¿Para qué ibas a venir tú a París? Realmente es lo más absurdo que se me ha podido pasar alguna vez por la cabeza, empiezo a pensar que sueño demasiado despierta…

Posiblemente sueñe demasiado con esos ojos azules que tienes. Me miro al espejo y a veces tengo la sensación de que en mis ojos veo los tuyos y recuerdo todo lo que nos dijimos en un año y lo que no pudimos decirnos. Al menos tengo la suerte de seguir conservándote no solo en mis recuerdos, también en estas cartas.

Cuando me preguntas por mi vida… ¿qué te voy a decir a ti qué conoces todo de mí? Sabes que soy absolutamente torpe en todo lo que tenga que ver con el sexo opuesto, es más creo que empiezo a espantar a los chicos a mi alrededor y me pregunto porque tú te fijaste en mí. Porque me respondiste con una sonrisa y empezaste esta bonita amistad. Te lo agradeceré toda la vida, porque muchas veces eres la razón por la que estoy estudiando. Tú me empujaste a tomar la decisión a pesar de que me pesara tener que dejar esos encuentros. No se si para ti fue fácil, pero…, espero que alguna vez podamos volver a repetirlo. Aunque solo sea por los viejos tiempos…, nos consideraremos sentimentales que después de años se juntan donde una vez tomaban té con pastas y se contaban sus pormenores, sus miedos y sus alegrías, sentados en una mesa de aquel pequeño bar o de un café. Solo que entonces, cada uno tendrá su familia, su vida… y aún así espero que esto siga viviendo.

No quiero tener miedo de volver a encontrarte, algo dentro de mí me dice que seguirás siendo el mismo chico rubio y de ojos azules que conocí aquella tarde de invierno. Una tarde que pase lo que pase nunca olvidaré…

Espero que no tardes en responderme tanto como esta vez, ¿qué diablos estabas haciendo Charlie Jones? No creas que te estoy riñendo ni nada parecido, pero durante unos días, creí que no me ibas a volver a responder. Te habías olvidado al final de la chica rubia de ojos azules… ¡Enhorabuena muchacho! (Como habrás deducido bromeo, sigo siendo igual de bromista después de todo).

Ojala pudiera tenerte ahora mismo delante de mí y darte el abrazo que deseo darte y poder oír tu voz contándome esas anécdotas que siempre me han hecho reír. Nada, me tocará seguir resignándome y esperar a la próxima carta. Lo más personal que puedo recibir de ti.

Ahora es cuando te toca a ti contarme de tu vida, tus miedos y tus sensaciones…Yo te volveré a responder con la misma transparencia que siempre, no tengo nada que ocultarte y jamás lo haré. Eres demasiado importante para mí.

Sea lo que sea lo que está viniendo…, lo aceptaré.

Siempre tuya.
Prudence.

El Diván de los Duendes

-Mamá… ¿Los duendes existen?

Los grandes ojos verdes del niño miraban a su madre, como si aquella sencilla pregunta hubiese sido la más importante que había hecho en su vida. Una cuestión de vida o muerte. La mujer sonrió, mientras se acercaba nuevamente hasta la cama de su hijo y se sentaba en el borde, arropándole y acariciando sus oscuros cabellos.

-¿Los duendes? ¡Claro que sí! Es más…

La mujer se quedó unos segundos callada y luego acercó sus labios al oído de su hijo para susurrarle: en esta casa hay duendes. Los ojos del pequeño se abrieron de par en par ante aquella afirmación de su madre. Afirmación que como muchas en el mundo, esconde su propia historia:

Erase una vez, una familia compuesta por un padre, una madre y dos hijos, que vivían en una bonita casa a las afueras de un pequeño pueblo de Londres…

La primera vez que entraron en la casa, les pareció magnífica, además de que los antiguos dueños habían dejado en ella la mayor parte de los muebles, y Cassandra, la pequeña de la familia, incluso encontró una bonita casa de muñecas.

Siempre le habían fascinado, así que nada más encontrarla, se podría decir que se hizo inseparable de aquel juguete. Jugó durante todo el día de la mudanza, hasta caer rendida y que sus padres tuviesen que llevarla a la cama.

A la mañana siguiente, nada más despertarse la pequeña fue corriendo hasta la casa de muñecas, pero había algo que no le cuadraba. Allí faltaba algo.

-Mamá, ¿has visto el diván que había aquí?

Su madre la miró arqueando una ceja antes de responder negativamente a la pregunta, lo que causó cierta frustración en la niña. ¡Lo había visto! ¡Estaba allí el día anterior!

-Estos humanos se creen que nos lo pueden robar todo…

Tras las paredes y asomados por un pequeño agujero que había al ras del suelo, había dos duendes que observaban a la niña, con una sonrisa divertida en el rostro. El que había hablado volvió sus ojos grises hacía el diván que la niña estaba buscando y en el cual se encontraba otro duende sentado. Aquellos malditos humanos siempre les robaban su diván…

Y lo volvieron a hacer. Cassandra lo encontró aquella misma tarde, porque si una cosa es verdad es la siguiente: los duendes son horriblemente traviesos. Hacen que las cosas en tu casa desaparezcan misteriosamente…, pero también son olvidadizos y dejan sus cosas tiradas por doquier. Quizá por eso Cassandra se encontró el diván aquella tarde en el suelo de su dormitorio…

-Veo que lo encontraste… ¡Ay Cassandra! Deberías aprender a dejar siempre las cosas en su sitio así no se perderían.

Y sin embargo al día siguiente el diván había vuelto a desaparecer. Cada vez que Cassandra lo encontraba y volvía a dejarlo por las noches dentro de la casa de muñecas, al día siguiente volvía a desaparecer. A veces no lo encontraba en días, otros sin embargo a las pocas horas lo encontraba. Le parecía tan extraño todo aquello que decidió poner una trampa a su “ladrón”.

Esa noche se acostó con una sonrisa en el rostro, a sabiendas de que por fin sabría quien se llevaba el diván de la casa de muñecas cada noche que ella la dejaba allí. Se quedó dormida prácticamente enseguida… El silencio reinaba en su habitación o al menos reinó hasta bien entrada la noche, cuando un grito agudo la despertó.

¡La trampa!

De un salto salió de la cama y se dirigió hasta la casa de muñecas, esperando encontrar cualquier cosa, menos lo que parecían dos niños diminutos. Los ojos de Cassandra se abrieron como platos, mientras que las bocas de los duendes se abrieron formando un O de asombro.

-¿Qué…?

Cassandra no podía salir de su asombro. ¿Qué demonios era aquello? ¿Alguna cámara oculta?

-¡Nos ha pillado! Te dije que era muy lista – reprendió uno de los duendes al otro que inmediatamente se puso a la defensiva. A los pocos segundos estaban discutiendo ante una Cassandra que no salía de su asombro.

Relatillo dedicado a Natalia :)


-¡Ya basta! - la voz de la niña les hizo callar. Callar de inmediato, mientras el miedo se reflejaba en sus ojos. No sabían que iba a pasar ahora, pero ella se limito a formular una pregunta llena de curiosidad: -¿Qué sois?

-Duendes - respondieron prácticamente al unísono de tal manera que casi parecía que lo hubiesen ensayado de antemano.

-¿Y por qué me robáis el diván? - volvió a preguntar Cassandra poniendo incluso los brazos en jarras como si de aquella manera pudiera intimidarlos o algo por el estilo.

-Porque es nuestro. Es el diván de los duendes.

Cassandra arqueó una ceja. Los duendes le contaron que aquel diván siempre había pertenecido a su pueblo de duendes. A los duendes que vivían en aquella casa, hasta que un niño lo encontró y lo colocó en la casa de muñecas. Por ese motivo ellos siempre iban a buscarlo… perdiéndolo una y otra vez. La muchacha, de gran corazón les dio el diván y cada vez que lo volvió a encontrar por la casa extraviado, en lugar de volver a meterlo en la casa de muñecas, lo dejaba frente al agujero que había en la pared de su habitación. La entrada de la “casa de los duendes” y cuando se daba la vuelta sabía que ellos cogían su adorado Diván.

-Y la casa de Cassandra… - el niño miró a su madre mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa de oreja a oreja.

-Es la nuestra. - ella se limitó a asentir mientras daba un beso de buenas noches a su hijo y volvía a arroparle, para luego salir y cerrar la puerta.

Cuando entró en su habitación sin embargo, algo llamó su atención. El pequeño diván estaba en el suelo… Con cuidado lo tomó y lo dejó frente al agujero que había al ras del suelo en una de las paredes del que había sido su dormitorio toda su infancia… El diván de los duendes era más real de lo que el hijo de Cassandra jamás pudiese imaginar.

-Buenas noches… - susurró al agujero sabiendo que aquellos diminutos habitantes la oían. Tal y como habían hecho siempre.

sábado, 26 de noviembre de 2011

El legado de Reikha

En el lugar más vasto y profundo de los Bosques de Lindei… He servido al mundo entero durante siglos. Mi nombre es Reikha, pero se me conoce más como la Dama del Tiempo.

Ahora, ha llegado la hora de que mí sucesora tomé mi lugar. Aquella con el alma y corazón más puros del mundo. Su destino, está escrito desde el mismo día en que vio la luz del sol por primera vez. Un destino que al igual que el mío afectará al mundo entero y a todos los seres que en el viven, tanto humanos, animales como plantas.

Pero antes de todo…, debo contar mi historia y como llegué a este mundo…

Hace miles de años…, antes de que existieran los espíritus y la propia vida, antes incluso de que existiera la Tierra… La Diosa de la Creación y el Dios de la Vida, decidieron usar los poderes que les habían otorgado de una manera útil…

Terra, la Diosa de la Creación, hizo realidad el mundo donde ahora todos nosotros vivimos, al que puso su mismo nombre, para que siempre fuese recordada. Ella, creo la tierra roja, los mares y los ríos… así como toda la naturaleza del mundo.

Fauno, el Dios de la Vida, creó todas las formas de vida existentes y les dio el espíritu de la ley y el orden, así como un alma.

Una de esas formas de vida, era yo. Enseguida me di cuenta, de que mi destino era muy distinto al de los demás, lo cual en un principio me entristeció. Ni siquiera me veían… pero pude notar que cuando yo estaba próxima a ellos, sentían cosas, como calor, frío, felicidad, alegría… Pero a pesar de todo eso, muchas veces llegué a creer que no tenía sentido alguno vivir, puesto que no tardé mucho en comprobar que mi vida se iba a basar en la soledad. Por otro lado, descubrí también algo que me asombró… El paso de los años no me afectaba, al contrario que los demás… que envejecían y acababan muriendo. Yo cincuenta años después de llegar al mundo… era igual de joven y bella que por aquel entonces… Era inmortal.

Durante muchos años cumplí mi misión, de la que a continuación hablaré, vagando por el mundo sin llegar a quedarme en ninguno de los sitios el suficiente tiempo, como para llamarlo “vivir”. Hasta que encontré los Bosques de Lindei. Era el sitio perfecto para vivir y por primera vez en mi vida me sentí en casa. Rodeada de animales, descubrí que estos si podían verme y aunque no fuera lo mismo que hablar con un humano, me sentía acompañada. Con mis propias manos, construí una cabaña en lo alto de un sauce, oculto de la vista de todo el mundo. Era feliz allí arriba y aparte de hacer mí trabajo predestinado, hacia figuritas de madera. Era un pasatiempo que me encantaba y que además hacía feliz a los niños de un pequeño pueblo que no había muy lejos de allí.

Seguramente te estarás preguntando cual era mi misión y porque los demás humanos no podían verme… Yo era hasta ahora la que tenía el control sobre el tiempo… no sólo el tiempo que los humanos calculamos en segundos, minutos, horas, días, meses, años… También el tiempo atmosférico… Se podría decir que de alguna manera era el invierno, la primavera, el verano y el otoño.

¿Cómo descubrí esto? Muy simple… Cuando llegué al mundo, tenía una larga cabellera rubia, unos ojos azules como el cielo y vestía un vestido de una tela muy suave de color azul marino. Aparte de darme cuenta de que nadie me podía ver…, descubrí que mis cabellos emanaban calor. Un calor que se mezclaba en la atmósfera y creaba el clima de verano. Sí un día estaba muy triste, por cualquier razón y sentía ganas de llorar, como vosotros lo llamáis, no eran lágrimas lo que emanaban de mis ojos. En realidad… nunca he llorado. El cielo lo hacía por mí… Mi llanto se convertía en la lluvia y mis enfados en las tormentas.

El hacer feliz a la gente con un clima cálido y agradable me encantaba. Por eso una mañana en la que me levanté muy distinta, me enfadé. No entendía a que se debía ese cambio. Sin siquiera mirarme al espejo noté que algo en mi había cambiado. De mis cabellos ya no surgía calor… si no algo más frío. No era un frío helador como el de invierno…, pero tampoco era el calor habitual del verano. Al mirarme al espejo, descubrí que mis cabellos eran mucho más cortos que el día anterior aparte de ser castaños. Mis ojos habían pasado de ser azules a ser marrones como la tierra y mis ropas eran anaranjadas. Otros poderes habían despertado en mí… durante los siguientes meses me sentía mucho más triste de lo que solía estar y la melancolía me embargaba. El cielo lloraba con más frecuencia y las hojas caían de los árboles que se iban marchitando a la vez que yo pasaba por su lado. La gente del pueblo seguía contenta, aunque era palpable que el cambio climático no agradaba a todos. Hubiera hecho lo posible por volver a crear el verano… por sentir aquella agradable calidez y ver a todos felices, bañándose en el lago o tomando el sol. Muchas noches me acostaba deseando ser al día siguiente el verano…, pero siempre volvía a despertar con los cabellos castaños y creando la estación de otoño día tras día.

El siguiente cambio me sorprendió, sí, pero no tanto como el cambio del verano al otoño. Fue igual de rápido que la primera vez. Un día desperté como todos, pero sentía un frío inmenso en el cuerpo. Algunas veces me he preguntado cómo que no he llegado a morir soportando aquellas temperaturas heladoras en el cuerpo. Después de tantos años, ya no me lo pregunto. Te acabas acostumbrando a estar bajo cero, incluso te llega a gustar, al menos a mí personalmente me ha llegado a gustar. Lógicamente y como ya te estarás imaginando, había llegado el invierno, tanto en mi ser como en el mundo. Mis cabellos eran largos… tan largos que tocaban el suelo y eran de color plateado. Mi piel se había tornado blanca y mis ojos de un azul clarísimo, más claro que el azul del cielo. Ahora llevaba una vestimenta plateada al igual que mis cabellos. Cuando empecé a andar por mi pequeña cabaña dando vueltas noté que al pisar el suelo se oía una especie de crujido y al bajar la vista, ví nieve. Esa nieve caía de mis cabellos a medida que yo iba andando al igual que todo lo que tocaba con mis manos se convertía en puro hielo. El invierno siempre ha sido una de mis estaciones preferidas, andaba con elegancia por el bosque, cubriéndolo todo con aquel manto blanco procedente de mis plateados cabellos. Ahora no llovía si me sentía triste… caían copos de nieve y a la gente le encantaba. Siempre que me paseaba por el pueblo, ellos, ajenos a mi presencia, jugaban con la nieve tirándosela entre ellos, hacían muñecos con ella, o simplemente se tiraban con el trineo desde las colinas. Era una bonita época del año, sobretodo cuando llegaba lo que llamáis la Navidad. El pueblo entero se cubría de luces, que con aquel manto blanco, hacían del lugar, algo maravilloso para contemplar.

La llegada de la primavera, me la tomé como un cambio de look radical. No me sorprendió en absoluto, aunque empezaba a pensar cuantas estaciones habría, ya que por aquel entonces lo desconocía.

En primavera, luzco una cabellera pelirroja, mis ojos son verdes como la hierba y mis ropas son de diversos colores. Azul, rosa, naranja, verde, amarillo. Considero a la primavera la estación del año de la alegría, la vida, el amor. Todo en la primavera es bonito. Las flores nacen, los pájaros cantan, la gente es feliz… y yo también lo era. Pocas veces me ponía melancólica en primavera. Esa época del año era todo color y felicidad. Se respiraba en el ambiente y los olores de las plantas eran realmente embriagadores y reconfortantes. ¡Esperemos que nunca cambie la primavera! Muchos años al llegar el invierno, he sentido el temor de que no cambiara a la primavera nunca. A pesar de encantarme el invierno, para mí, era lógico que después de este estuviera la primavera y luego el verano… Era una continua rueda que nunca dejaba de girar y siempre lo hacía igual, de la misma manera, sin ningún variante a lo largo de los años.

Te contaré un secreto de la primavera… las flores no nacen solas… Yo me cortaba los cabellos que iba dejando caer por el suelo y en los lugares donde estos se depositaban flores de todas las clases y colores brotaban. Es algo realmente maravilloso, pensar que de un simple cabello puedan nacer todas esas maravillas de la madre naturaleza. Al igual que es algo asombroso… el que el pelo te vuelva a crecer en apenas unos instantes. Ni siquiera me daba cuenta… muchos días de primavera me tiraba todo el día cortándome cabellos y dejándolos aquí y allá. Luego, cuando la gente del pueblo entraba en el bosque, siempre admiraban aquellas plantas y los hermosos jardines que llegué a crear con el paso del tiempo. 

Aunque estés sola, aunque nadie te vea… ver los rostros felices de la gente te llena de felicidad y en parte te hace sentirte querida. Admiran tu trabajo, aunque no sepan que es obra tuya.

Así han sido todos los años de mi vida, una sucesión de cambios y sensaciones. Con el paso de los años, el ser inmortal empezó a frustrarme. Hacer siempre lo mismo ya no me era tan gratificante como los primeros años…, aunque seguía haciéndolo igual. Por aquel entonces habían pasado quinientos años desde que llegará al mundo. Pasaron otros quinientos años… antes de que encontrará lo que llevaba buscando tanto tiempo. Mi sucesora. Desde el día en que pisé la Tierra sabía que aparte de cumplir mi misión debía encontrar a alguien. Nunca supe para que hasta que te vi.

Recuerdo perfectamente aquel día… Era invierno… Un invierno precioso creo recordar… De todo esto hace cuatro años…, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Caminaba elegantemente por el pueblo, observándolos a todos, viéndolos felices con la nieve que iba dejando a mi paso. Entonces vi a una jovencita que se había quedado con la vista fija en mí. Pensé que eran alucinaciones mías… ¡Los humanos no podían verme! Pero esa muchacha no apartaba la vista de mí. Me quedé observándola durante largo rato y nuestras miradas se cruzaron. No sabía que significaba aquello, puesto que era la primera vez que me ocurría algo así.

La muchacha corrió hasta su madre, que estaba con tres chicos más, a simple vista menores que ella. Tiró de la falda de la mujer que se volvió hacia ella y dijo estas mismas palabras:

- ¡Mamá! Allí hay una mujer muy bonita… Tiene los cabellos plateados y lleva puesta una ropa preciosa del mismo color… Tendrías que ver su piel… apenas se distingue de la nieve…

- Slim… Deja de decir tonterías… allí no hay ninguna mujer… Eres demasiado mayor para tener amigos imaginarios…

- No me lo estoy imaginando… la estoy viendo… - fueron sus palabras antes de echar a llorar y salir corriendo.

La perdí de vista en pocos minutos. Ni siquiera me dio tiempo a asimilar sus palabras. Me había descrito tal y como era… ¡Me había visto de verdad! Desde ese día supe que era mi sucesora… que tú eres mi sucesora.

No volví a verte hasta aquella primavera. Volviste a quedarte con la vista fija en mí… yo estaba cortándome los cabellos y esparciéndolos por el suelo. Recuerdo perfectamente que te me acercaste y me preguntaste:

- ¿Por qué te cortas los cabellos y luego los tiras al suelo? Tienes un pelo demasiado bonito para cortártelo de mala manera y tirarlo al suelo. Si te viera mi madre te diría que fueras al peluquero. Aunque… mi madre no te vio en invierno… si le vuelvo a hablar de ti pensará que estoy loca.

Una sonrisa asomó en mi rostro juvenil al oírte hablarme. Era la primera vez que alguien lo hacía… No sabes lo feliz que me sentí…

- Porque es mi trabajo… Soy la primavera y con mis cabellos hago de todo este precioso bosque una realidad. No te preocupes…, pronto entenderás porque sólo tú puedes verme… y tranquila, no estás loca. Existo de verdad.

Me miraste sorprendida. Seguramente no creerías mis palabras, a cualquier otra persona le hubieran parecido absurdas e infantiles seguramente. No me dijiste nada más… fueron tus únicas palabras dirigidas hacia mi persona, pero fueron más que suficientes para desear algo que hasta ese día había sido imposible. Deseaba ser mortal. Sentir lo que sentían los humanos normales… Algo que no había sido posible, puesto que no te había encontrado.

He esperado cuatro años más… hasta que cumplieras los dieciocho años… Edad que tengo yo desde hace diez largos siglos. Ahora se que es hora de que ocupes mi lugar como la Dama del Tiempo y estoy segura de que lo harás bien… sólo espero que no tardes tanto en encontrar a tu sucesora. Mil años de soledad son muchos… aunque no te deprimas ni te hundas en ningún momento… La soledad no siempre es mala y yo he tenido una vida como Dama del Tiempo dichosa. Busca la compañía en aquellos seres que los humanos tan mal tratan… como si no tuvieran corazón ni alma. Aunque tú llegarás a descubrir que su alma es casi más pura que la de la mayoría de los humanos del mundo.

He aquí mis vivencias y conocimientos. Espero que todo lo plasmado en esta simple hoja de papel te ayude con tu misión y a entender esos cambios que a mi primero me sorprendían, pero que con el paso del tiempo, fueron pura rutina. Me refiero, claro esta, al cambio de estaciones que nosotras las Damas del Tiempo, experimentamos en nuestros cuerpos.

Recuerda dos cosas… dos cosas realmente importantes. No hay nada más grande que tener el control sobre el tiempo…, pero has de ser cauta y usarlo bien. Un poder mal usado puede causar grandes catástrofes y desgracias, y ninguna de las dos queremos eso.

Yo ahora voy a cumplir mi sueño de ser mortal, tal como tú has sido hasta ahora y volverás a serlo el día en que encuentres a tu sucesora. La persona cuyo destino sea el mismo que el nuestro. Un destino grandioso y realmente importante. Sabrás de quien se trata… en cuanto la veas, igual que yo lo supe cuando alguien me miró a los ojos y me hablo por primera vez en mi vida.

¡Ay,Slim! Son tantas las preguntas que se agolpan en mi cabeza…, preguntas sin respuesta… ¿Cómo será ser mortal? ¿Cómo será amar? ¿Qué es la tristeza humana? ¿Qué sentiré al llorar? ¿Seré feliz? Supongo que son todas, preguntas a las que no se puede responder con simples palabras. Seguramente hay que vivir la experiencia, sentirlo…, para saber lo que es. Al igual que todo lo que yo te he contado hay que vivirlo para saber que es en realidad.

Si algún día te sientes sola… sabes que cuentas conmigo… Yo te ayudaré en tu largo camino mientras siga entre los mortales. Seré la única persona que podrá verte, ya que durante muchos años he desempañado la que será tu tarea a partir de ahora… tu soledad al fin y al cabo no será tan completa como lo fue la mía.
Suerte querida… Bríndame con calurosos veranos, gélidos inviernos, preciosas primaveras y lluviosos otoños…

viernes, 25 de noviembre de 2011

En las alas de una paloma

Mucha gente se pregunta… ¿Qué es el cielo? ¿Qué hay después de la vida? Ni siquiera yo que puedo rozar ese ‘cielo’ con la punta de los dedos puedo decir con exactitud qué es. ¿Un cúmulo de sensaciones? ¿Muchos sentimientos positivos unidos? Paz. Es lo primero que sentí después de que todo se volviese negro. Un enorme sentimiento de paz… y ante mis ojos apareció una luz cegadora, pero la más hermosa que había visto hasta ese momento.

Una luz que sentía que si extendía un brazo hacía ella las puntas de mis dedos serían capaces de rozarla y sentir… ¿el qué? ¿El mejor sentimiento del mundo? Sin embargo algo me lo impidió. Mi padre apareció desde el interior de aquella luz y se acercó hasta mí. Era tal y como yo le recordaba, exactamente igual, aunque con un aura brillante a su alrededor. Me miró con aquellos ojos azules que poseíamos los cinco Austen de mi familia y me sonrió. Una sonrisa llena de calidez. “Este no es tu sitio cariño. Tienes que volver Allie…” Le miré con el ceño fruncido y me pregunté porque me decía a mí que tenía que volver cuando él se había ido. Se había ido y nos había dejado solos. “¿Por qué tengo que volver? Quiero quedarme contigo…” Y lo deseaba. Siempre había amado enormemente a mi padre y me había afectado su muerte. Su abandono involuntario. ¿Por qué ahora que le volvía a encontrar no me dejaba quedarme con él? “Tu hora aún no ha llegado, tienes que volver con la gente que te quiere…” ¿Y cuando sabría que había llegado MI hora? ¿Cómo podía estar tan seguro de que no era en ese momento? Era mi padre, confiaba en él y por eso una vez más iba a creerle. “¿Y cómo vuelvo?”Pregunté consciente de que quizá ni él tuviese la respuesta “Sólo tienes que esperar… Tienes que ser paciente, mi pequeña”.

Paciencia. En muchas ocasiones había llegado a la conclusión de que la vida se resumía en eso... paciencia. Me tocaba esperar como quien espera un tren en una estación para tomarlo y llegar a su destino, en mi caso, la vida. No fue hasta que mi padre desapareció, después de acariciarme la mejilla y despedirse nuevamente de mí, que me percaté de que mi vestimenta había cambiado. Lucía un bonito vestido blanco que rozaba incluso el suelo y me pregunté si era esa la vestimenta de los ángeles, pregunta que consiguió arrancarme una sonrisa.

Una semana más tarde había aprendido a moverme en aquel mundo paralelo a la vida, en donde los espíritus de aquella gente que no está plenamente muerta vagan esperando a la llamada o de la vida o del túnel de luz infinita. Yo estaba segura de que mi llamada provendría de la vida... ¿Sino por qué me había dicho mi padre que no era mi hora? ¿Se habría equivocado?

Cada noche me acercaba a la cabecera de la cama de Gabrielle y aunque sabía que ella no sabía que yo estaba allí, le daba las buenas noches como siempre y le juraba que volvería... Lo mismo hacía con mamá y con Leo... Estaba tan destrozado que de poder haber despertado y volver con ellos en ese preciso instante lo habría hecho, pero... al parecer tenía que esperar. Mi tren aún no había llegado a mi parada y yo no sabía cuánto tiempo tardaría o si siquiera lo haría.

Pero no podía verlos tan destrozados... Por eso mismo me refugiaba la mayor parte del tiempo en uno de mis lugares favoritos.

Mis piernas se balanceaban a un ritmo constante e invariable. Había ido a sentarme en el alféizar de una de las ventanas del aula donde desde hacía muchísimos años había acudido casi a diario para entrenarme y bailar. Había estado presente cuando a media semana se habían enterado de que a raíz de un accidente había quedado en coma y pude ver la reacción en todos ellos..., pero nadie hizo la pregunta que rondaba en sus cabezas “¿Podrá volver a bailar?”. En aquellos momentos solo estaba Evan, que desde hacía muchos años había sido mi compañero de baile y otros tres alumnos de la Señorita Robinson y yo..., aunque de mi presencia no era nadie consciente.

Subí mis piernas al alféizar y me abracé a ellas sintiendo el suave tacto de aquel vestido blanco... Y cerré los ojos en cuanto aquella melodía que tanto conocía invadió la sala... Sabiendo que de así quererlo, en cualquier momento podía pensar en un lugar específico que conociera y allí estaría.