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viernes, 12 de febrero de 2016

9-10 de abril de 1912

9 de abril de 1912

Llegar hasta Southampton es una señal de una nueva vida, al menos así lo veo yo. He dejado atrás la familia a la que he servido casi cinco años y a pesar de pensar que me iba a costar…, ese último abrazo por parte de Paul, el joven que nos ha llevado hasta la estación, me llenó de la fuerza necesaria para subir al tren que nos ha traído hasta aquí. Aún así el vértigo y el miedo están en alguna parte de mi cuerpo, anidando como si fuesen aves carroñeras que no quisieran dejar nada de mí y me quisieran hacer desaparecer por completo. Está claro que una cosa es llevarlo planeando mucho tiempo y otra muy distinta llevarla a cabo. Solo entonces te das cuenta de lo real que es todo. De todos modos, la libertad en la que me acabo de embarcar me brinda una nueva vida y eso me emociona, hace que todo mi cuerpo tenga una vida que antes no la tenía. Es una sensación extraña pero a la vez la mejor que he tenido en muchos años. Por el momento sé que no voy a recibir órdenes de nadie y eso me encanta, tanto, que solo pensarlo siento como en mi rostro se dibuja una sonrisa que consigo vislumbrar en el espejo de la habitación en la que me encuentro. Estoy un poco cansada (por no decir bastante) de estar todo el día recibiendo órdenes ajenas a pesar de que fuese mi trabajos, que por supuesto queda claro que ni de lejos es el mejor trabajo del mundo.

Es la primera vez que voy más allá de Londres o Cambridge, así que Southampton me parece algo completamente nuevo, algo por descubrir y explorar. Lástima que mañana sea diez de abril y no vaya a poder cumplir con ello. Es un lugar marinero, cosa que he notado a simple vista mientras Toby yo caminábamos de camino al modesto hotel donde hemos decidido hospedarnos esta última noche en Inglaterra, en habitaciones separadas aunque contiguas. Lo primero en lo que he pensado esta mañana cuando he pisado esta ciudad ha sido en lo completamente diferente que es a todo lo que he visto antes y que para nada es como lo había imaginado, posiblemente sea incluso mejor de lo que mi imaginación ha dibujado en mi mente estos días de camino hasta aquí.

Ahora que mis ojos se dirigen a la ventana recuerdo el impulso que he tenido esta mañana de decirle a Toby de ir a ver el mar y una vez más me digo a mí misma que ya iré por la mañana y lo veré, pues el sol ya ha empezado a descender en el cielo y no es que me haga mucha gracia pasear sola en un pueblo de marineros. No, mejor no. Podría pedirle a Toby que me acompañase, pero posiblemente este cansado y aunque sé que haría cualquier cosa por mí, prefiero dejarle descansar. Bastante ha hecho y hace por mí ya. Él también está dejando a su familia atrás, su vida, por una vida conmigo, aunque aún no se haya formalizado el compromiso. Me dejaré amar por él y estoy segura de que en algún momento yo también le llegaré a querer, a pesar de que en estos cuatro años no nos hemos tocado en un sentido íntimo.

Me muevo por la habitación hasta llegar frente al espejo, hace realmente mucho tiempo que no veo mi propio reflejo y no puedo menos que sonreír mientras me aparto un mechón castaño del rostro por el que paso una de mis propias manos. Hace más de cuatro años que no tengo un espejo propio y las únicas veces que he visto mi reflejo ha sido cuando he pasado por al lado de alguno, en especial dentro de la habitación de las señoritas y de la señora. Ahora es cuando te preguntas como podíamos ir bien peinadas, la respuesta es bastante sencilla, ya que no teníamos espejos propios nos peinábamos las unas a las otras, de esta manera podíamos estar impecables sin necesidad de vernos a nosotras mismas reflejadas sobre la superficie de un espejo, porque es obvio que aunque lady Siobhan no quería que tuviésemos espejos, tampoco quería que pareciéramos unas pordioseras.

Suspiro cansada y abatida. El problema es que sé que ese gusanillo de los nervios que me recorre el cuerpo entero no me va a permitir dormir con tranquilidad y seguiré arrastrando el sueño. Cosa que llevo haciendo desde hace prácticamente dos días y soy perfectamente consciente de que no es nada sano. Tampoco sería la primera vez, en alguna ocasión el cansancio me ha llevado a romper algún objeto de lady Siobhan cuyo valor he tenido que pagar, aunque tanto como “su valor”…, en realidad nos hacía pagar el doble de lo que realmente costaba de nuestro propio salario, que tampoco es que se pudiera decir que era mucho. Me meto el camisón por la cabeza y me dejo caer sobre la cama con la mirada perdida en el techo completamente blanco. A través de la ventana cerrada me llegan murmullos de la gente que hay en la calle. Me llega la vida de Southampton y aunque estoy cansada el sueño no me embarga, Morfeo no parece querer llevarme hasta el paraíso del sueño y no puedo evitar tantear por la mesilla que tengo cerca en busca de la lámpara y así poner la luz. El libro, Emma de Jane Austen es lo que me hará compañía esta larga noche que tengo por delante.


10 de abril de 1912

¿Dormir? Hace casi dos días que no sé qué es eso. El hecho de que me haya leído más de cien páginas del libro (que tiene cerca de 600) demuestra que por mucho que lo haya intentado no he conseguido dormir. Son las nueve de la mañana y lo único que se me ocurre es ir hasta la habitación contigua. Toco con los nudillos la puerta y al medio minuto el rostro sonriente de Toby aparece. – Buenos días. – me besa en la mejilla haciéndome sonreír brevemente - ¿Vamos a desayunar? – precisamente iba a buscarle para lo mismo. Asiento brevemente antes de emprender la marcha hasta el piso inferior y desayunar juntos en el comedor. Nuestro último desayuno en tierras británicas.

Según el billete del transatlántico, este zarpa a las doce. Uno de los trabajadores del hotel ya nos ha dicho que no queda lejos de donde estamos e incluso nos ha dado unas cuantas indicaciones de cómo llegar y tonta de mí aún tengo la sensación de que nos vamos a perder. El hecho de estar en un lugar que no conozco no ayuda en absoluto, aún así no he podido más que darle las gracias y dedicarle una sonrisa. Toby ha hecho lo mismo, aunque al contrario que yo, parece mucho más seguro. – Tranquila, no vamos a perder. 

- ¿Tanto se nota que tengo miedo de que eso ocurra y no podamos embarcar? dejo escapar un suspiro de entre mis labios y sonrío con cierto nerviosismo. - Me has pillado.

De vuelta a la habitación me trenzo el cabello y saco de entre la poca ropa que poseo un vestido de manga tres cuartos de color azulado y con cuello alto (porque según mis padres una señorita no tiene que ir por ahí enseñando más de la cuenta). No me resta mucho por hacer así que vuelvo a meter en la maleta lo poco que había sacado (el viejo cepillo de pelo entre otras cosas) cierro la maleta y la tomo del asa con fuerza. Ya está, ya estoy lista para irme. Reviso la hora en el reloj del vestíbulo mientras espero a que Toby baje. Son solo las diez y media pero más vale llegar a tiempo que llegar tarde y perder el barco. Mi padre me mataría seguro, aunque primero me encargaría yo misma de abrirme las venas por haber sido tan jodidamente estúpida, que en aquel billete había gastado parte de mi salario de los últimos cuatro o cinco meses.

A medida que avanzamos por las calles de adoquines puedo sentir como el aroma a mar llega hasta mí, es un aroma ligeramente salado y que despierta aún más si cabe mi curiosidad por ver el mar esa gran masa de agua azul y preciosa que he visto en tantos cuadros, en especial durante mi estancia en casa de los Whitakker. Estoy deseando sentir la ligera y fresca brisa que he leído en los libros que se siente cuando estás cerca. Muero en deseos por ver el azul del cielo reflejado en las aguas. El caso es que cuando llegamos cerca del puerto puedo comprobar que no todo es tan bonito como pintan los libros o como está reflejado en los cuadros. La ficción siempre supera a la realidad. Me decepciona bastante el color verdoso parecido al fango con el que me encuentro. Incluso puedo decir que hay algún rastro negro y antes de desilusionarme del todo me convenzo a mí misma que aquello debe ser debido a que estoy en un puerto y no en mar abierto. Seguro que desde la cubierta del transatlántico se verá de otra manera muy diferente. – Cambia esa cara…, que parece que te estén llevando a una muerte segura. – oigo que me susurra Toby al oído. Me ha estado observando todo este tiempo, viendo la decepción tomar forma en mi rostro.

- Es sólo que pensaba que sería diferente.

- Lo sé.

El barullo de la gente llega hasta mis oídos colándose en mi cuerpo y produciéndome cierta excitación. Sé perfectamente a que se debe todo aquel ruido, sé que no estamos lejos del barco que nos llevara hasta Nueva York. Lo sé por la cantidad de coches que pasan tocando sus cláxones cerca de donde estamos, así como por toda esa gente que lleva maletas en sus manos, niños cogidos de sus manos o simplemente andando tras de ellos. Lo sé porque todos se dirigen en la misma dirección.

Nos movemos entre la gente y el barullo, y mis ojos marrones comienzan a ver el inmenso barco. De la misma manera que cada vez se hace más grande el barco ante mis ojos, también lo hace el ruido a nuestro alrededor y aumenta la presencia de la gente de todas las clases, aunque como siempre perfectamente diferenciadas. Levanto la mirada cuando ya puedo decir que estamos cerca del transatlántico para poder observar el buque en todo su esplendor puesto que es realmente de grandes dimensiones. – Es enorme. – es la primera vez que veo un barco de tan de cerca y que sea de esas magnitudes no deja de sorprenderme. Estoy segura de que mis labios se han separado ligeramente dibujando en mi rostro esa expresión llamada sorpresa tan común entre las personas. Toby parece tan o más sorprendido que yo, pues sin quitar la mirada el enorme buque asiente en silencio junto a mí, sin soltarme la mano mientras seguimos avanzando entre el mar de gente. Esta misma mañana he leído en el periódico y he oído decir en el comedor del hotel que es el barco más lujoso que existe en este momento, pero eso no es algo que me importe demasiado. ¿Dónde voy a ver yo ese lujo? No, el lujo solo lo van a disfrutar aquellos pasajeros para los que está reservado semejante cosa: los de primera clase.

Observar es algo que se me da realmente bien (y no es por presumir, es un hecho), habiendo estado tantos años sirviendo a una familia he aprendido a observar pero no decir nada al respecto, no opinar y simplemente mantenerme callada como si fuese invisible. Además de todo esto también he aprendido a observar de una forma bastante discreta. Las pasarelas es lo segundo que alcanza a ver mi vista, además de las grúas que cargan cajas, coches y los baúles más grandes. Todo eso de primera clase, claro. Toby y yo estamos entre toda esta gente con una única maleta cada uno, nuestra única posesión para este viaje. Al contrario que toda esta gente que viste con opulencias y a las que les preocupan cosas demasiado superficiales, yo no siento la necesidad de llevarme media casa en un viaje (porque tampoco tengo tantas cosas como ellos, claro).

Acercarnos al barco y a mi zona de embarque también implica empezar a mezclarnos con toda la gente que está preparándose y esperando para embarcar. Diferentes acentos, idiomas, gritos, todo mezclado con un aire de júbilo y fiesta. Nadie se aparta cuando queremos pasar y en el caso de que nos queramos hacer oír, después de unos cuantos intentos de hacerlo sin alzar la voz, nos hemos dado cuenta de que no nos queda otra que gritar cosas del estilo de “Perdón” “Disculpe” “¿Me deja pasar?” y aún así hay veces que parece que no alcanzan a oírnos y al menos yo siento que empiezo a perder los nervios, diciéndome a mí misma que mantenga la calma. Incluso Toby parece darse cuenta y de vez en cuando me da un apretón cariñoso con la mano que tiene entrelazada con la mía desde que nos hemos introducido aquí. Claro que, como en muchas ocasiones en la vida también hay de ese tipo de personas que no es que no te oigan, sino que simplemente no te escuchan o no te quieren oír. Hacen oídos sordos, no te hacen caso. Aún así no cambiaría todo esto por nada del mundo, no cambiaría mi “mundo”. Aún recuerdo perfectamente a mi señorita, cuya vida está prácticamente planificado por sus padres (sobretodo lady Siobhan que parece que lleve los pantalones en ese matrimonio. ¡Oh espera! Los lleva) desde el día que nació. Todo para que no acabara con alguna persona que les llevará al desprestigio, a la humillación pública y todas esas cosas que tanto importan a la gente de la alta sociedad. ¿Sus hijos con una rata callejera como nosotros? ¡Ni hablar! Suerte que no pertenezco a ellos, aunque eso también implique que tarde o temprano tenga que buscar cierta estabilidad en mi vida. Una estabilidad como la que sé que me puede ofrecer Toby.

Soy capaz de imaginarme como es el escenario de los pasajeros de primera clase en este preciso momento mientras pongo un pie en la pasarela de tercera clase a la que finalmente y tras tanto esfuerzo (sobre todo por hacernos oír o pasar entre gente que parece no querer apartarse por nada del mundo) hemos llegado. Seguro es que es muy diferente a todo el barullo que nos rodea a Toby y a mí, y que parece fuera de control aunque realmente tampoco lo está tanto. Ellos seguro que están llevando todo esto como si fuese una celebración de algo sumamente importante, pero sobre todo estarán llevado sus mejores galas para poder dejar claro quién quien tiene el poder y quien no, como si no lo supiéramos ya. He vivido demasiado tiempo con ese tipo de personas como para saber cómo piensan y actúan en este tipo de situaciones.

Suspiro de alivio en el momento en que mis pies tocan el suelo de la cubierta. No me ha hecho ninguna gracia tener que pasar por esa ridícula comprobación de si tenía piojos en mi cuero cabelludo. ¿Yo? ¿Acaso no…? Bueno, mejor no empiezo a pensar como una señorita de alta clase, pero es obvio que incluso entre los más pobres hay diferentes escalones y yo no estoy precisamente en el más bajo. Es algo que se puede ver a simple vista, pero…, sí, empiezo a pensar que eso a ellos ni les importa. De todos modos de la misma manera que yo he sido una mandada durante años, aquellos que me han pedido el favor, pues… simplemente seguían órdenes, aunque he de decir que a Toby parece haberle importado mucho menos que a mí, como si fuera algo normal que nos despiojaran.

Me quedo unos segundos parada allí, quizá intentando internamente asimilar de alguna manera que estoy ya ahí, dentro y que desde luego a no ser que salga corriendo por la escalinata de tercera clase de vuelta a tierra firme no hay marcha atrás. Respiro hondo y me armo de valor. “Valerie, tú puedes. Has llegado hasta aquí, solo es… otro pasito más.” - ¿Estás bien?

- Sí, no te preocupes es que…

- Esto lo hace todo mucho más real. – exacto. Eso mismo. Le sonrío nerviosa mientras empezamos a andar por los pasillos blancos. No estamos en los mismos camarotes, ni siquiera estamos en la misma cubierta, así que llegado a un punto en los propios pasillos de tercera clase, nos separamos. – Luego voy a buscarte – me dice antes de depositar un beso en mi frente y desaparecer con su maleta. Ahora sí que estoy totalmente sola. Aquello es como un laberinto desde luego o eso pienso yo de forma casi automática por lo que decido seguir a la muchedumbre. Los empujones se suceden por todos lados, gente gritando en diferentes idiomas, pero sobretodo pidiendo disculpas para poder pasar. Lejos de irritarme toda esa algarabía, me infunde vigor, pues la gente aunque es extraña para mí, es alegre. Por primera vez en mi vida estoy rodeada de personas que comparten mi sueño de comenzar desde cero en América, aunque en mi caso gracias a mi padre quizá sea de veinte… un poco más.

Para cuando llego a mi camarote no puedo hacer otra cosa que sentirme impresionada. Los camarotes de tercera son clase son definitivamente mejor de lo que hubiese creído, aunque seguramente no serán ni mecho menos, tan lujos como los de primera. Los suelos son de una madera blanca lustrosa y las paredes están recién pintadas de blanco. Si me concentro lo suficiente incluso puedo notar  el suave olor a recién pintado, algo que extrañamente me vuelve a hacer sonreír. Los accesorios metálicos del camarote relucen y un cartel informa de que el té incluirá sopa de verduras, carne, pan queso y un dulce. Para mí, no vamos a engañarnos es un auténtico festín y estoy segura de que esta noche no voy a sentir esa familiar punzada de hambre en el estómago. Las literas por su parte son de hierro colado blanco y descansan a ambos lados del camarote. Por el momento soy la primera pasajera del camarote en cuestión en llegar y decido dejar su maleta sobre una de las literas inferiores, completamente segura de que en la de abajo el vaivén del barco es menor.

Por segunda vez en las últimas doce horas (o quizá unas cuantas más) me dejo caer sobre la cama, bueno en este caso la litera inferior moviendo las manos por encima de mi cuerpo unos segundos antes de apoyarlas sobre la parte inferior de la litera superior como si quisiera medir cuanto espacio hay entre una y otra. Me pregunto si en algún momento antes de zarpar aparecerá alguien más por la puerta, pero no… Soy capaz de notar como el barco empieza a moverse sin que nadie haya aparecido aunque el jaleo al otro lado de la puerta no ha disminuido y eso es lo que me hace quedarme dentro, cruzando las piernas sobre el colchón y sacando nuevamente a Jane Austen de la maleta y aunque leo durante unas cuantas horas, mi cabeza viaja a mi pasado y a mis propios recuerdos manteniéndome en las nubes durante a saber cuánto tiempo. ¿Si también he sucumbido al final a Morfeo? No lo sé con seguridad, lo único que sé es que el vaivén del barco parece haber disminuido lo que me hace fruncir ligeramente el ceño. Además de que el jaleo en el pasillo parece haber vuelto a aumentar de forma más que notable. ¿Qué hora será? Porque a juzgar por la luz que entra por el ojo de buey del camarote serán cerca de las seis sino más tarde. Me pregunto dónde estará Toby. ¿Me habré quedado dormida de verdad y no me he enterado de que he venido? ¿O es que él se había quedado dormido? ¿O los dos? Sacudo la cabeza durante unos segundos. Invadida por la curiosidad de tanto ruido en el pasillo decido salir del camarote, a lo mejor encuentro a Toby o su camarote. En cuanto abro la puerta del mío las voces de las personas que van de aquí para allí vuelven a llenar el ambiente e inundar mis oídos mientras me abro paso murmurando disculpas. ¿Ya hemos llegado a Cherburgo? Porque tiene toda la pinta teniendo en cuenta que mucha gente va con maletas.

- C'est fini Alice! C'EST FINI, J'AI DIT! ALICE!... Agg, ¡esta niña me saca de quicio! – consigo oír a lo lejos. Posiblemente me ha llamado ligeramente la atención porque durante los últimos años gracias a Clhoë he aprendido alguna que otra palabra en francés y ese acento tan marcado es inconfundible. - Excusez-moi, pardon, excusez... – disculpándose como todo el  mundo, hecho que hace que esboce una sonrisa. - Arrête, Alice! Alice je te préviens!  - es lo último que oigo decir a esa voz justo en el momento en que noto que algo se cuela entre mis piernas pasando incluso por debajo de mi espalda dando la sensación de que huye de algo. Me vuelvo unos segundos viendo una cabellera castaña igual que la mía antes de volver a mirar al frente. ¿Por qué voy a darle importancia a eso cuando la gente ahí no deja de empujarse y de pasar como pueda? Lo que no me espero al volver de nuevo la mirada es encontrarme a escasos centímetros del rostro de un muchacho. Casi al instante noto como sube el rubor a mis mejillas tiñéndolas de un color carmesí y no puedo evitar bajar la mirada unos segundos respirando hondo. - …Um… Pardon... Esto, disculpas, no era mi intención, mi... mi hermana es muy revoltosa – me dice claramente a mí pues no hay nadie más. Incluso noto como se aleja ligeramente de mí.

Es con absoluta seguridad una de las pocas veces que estoy tan cerca de una persona del sexo opuesto. Ni tan siquiera con los del servicio he intimidado realmente, ni siquiera con Toby, siempre hemos mantenido las distancias dentro de la mansión para no dar que pensar a los señores y que nos cayera algún tipo de castigo o remedio disciplinario. A veces nos ponían medidas por cosas tan absurdas que he llegado a pensar que lo hacían porque se aburrían o algo.


Niego con la cabeza al tiempo que levanto la mirada nuevamente hacia él después de haber contado hasta tres y lo primero que me encuentro es otra vez esos ojos azules que me han mirado hace unos minutos y consiguen que un cosquilleo extraño me invada…, como si de alguna manera me estuviesen traspasando, algo que nunca antes me ha pasado…, pero… ¿solo son unos ojos azules, no?

lunes, 30 de noviembre de 2015

Gerry's Reel

La noche ha llegado y el salón de tercera clase se llena de música céltica. La tocan un grupo de pasajeros irlandeses que no se conocen de nada pero han decidido juntarse y tocar música para amenizar la noche, para animar al resto y hacernos olvidar durante unas cuantas horas cual es nuestra posición en el mundo y que muchos de nosotros a lo mejor acabamos en la más grande de las miserias. La flauta, los tambores, el violín, la mezcla de esos instrumentos y otros más, llena el aire de música. Lo llena de magia. Esa magia que sólo puede transmitir la música.

Sentada en una de las mesas con un vaso de agua delante los observo con atención y veo por el rabillo del ojo como algunos pasajeros se animan a subir a la tarima que hay justo en medio de la estancia y se ponen a bailar. Otros ni siquiera suben allí arriba, sino que se ponen a bailar siguiendo el ritmo en los huecos donde hay pocas mesas, en cualquier sitio donde encuentren espacio. La música vibra. Llena el espacio. La alegría se nota en el ambiente y es como si todo cobrase otro color y otra intensidad. La noto vibrar dentro de mi cuerpo, noto la música recorrer mis venas, y las notas musicales en cada poro de mi piel. Me hace sentir más viva, más plena, más feliz. Todas las desgracias de mi vida y de mi existencia han desaparecido de mi mente gracias a ese sonido, a esas notas… A ese toque celta que ha invadido este pequeño espacio del transatlántico.

Me levanto llevada por esa sensación que me está invadiendo, que está en cada centímetro de mi cuerpo y que me dice “hazlo, levántate y sigue el ritmo de la música”. Noto la mirada de Asier, curiosa sobre mí cuando me ve levantarme y me vuelvo hacia él. - ¡Vamos! – con un gesto de la mano le insto a levantarse conmigo, pero en su cara noto contrariedad. La pequeña Alice, que había permanecido sentada junto a él se levanta y sale corriendo y dando brincos entre la gente.

- ¡Alice! – su hermano la llama pero su voz se ve ahogada por la música, las risas de la gente, el rumor que recorre aquel pequeño salón. Se levanta y la busca con la mirada y luego clava sus ojos azules en mi suavizando los gestos de su rostro casi de forma inmediata.

- Déjala… No le va a pasar nada. - ¿qué va a pasarle en un espacio tan pequeño? Pudiera ser que nosotros seamos las personas más ávidas, más listas y en según qué situaciones, los más canallas del estrato social en el que se divide la sociedad, pero en un momento como el que estamos viviendo nadie va a hacerle daño a una niña inocente que simplemente se ha mezclado entre el gentío que baila y disfruta de la música. Le miro durante unos segundos más antes de alejarme y decidir seguir yo también ese ritmo frenético que invade mis oídos y me llena el alma de dicha. Aunque Christopher me dio clases de baile nunca se me ha dado demasiado bien, ni siquiera sé los pasos a seguir de la canción que están tocando. ¡Espera! ¿Alguno de los presentes lo sabe? “Déjate llevar por la música, Valerie. Siéntela dentro de ti y simplemente fluye con ella”. Cierro los ojos allí en medio de la habitación. Sigo oyendo la música, sintiéndola vibrar por todo mí ser. Sigo oyendo las risas, las palabras, los gritos. Sigo sintiendo la felicidad en el aire como una niebla invisible que lo está cubriendo todo. Me dejo llevar por lo que estoy escuchando y me empiezo a mover durante al menos un minuto antes de abrir los ojos.

Le veo entre la gente y puedo captar una sonrisa en su rostro. Posiblemente la más sincera que he visto desde que le conozco. Tiene sus ojos clavados en mí y no borra la sonrisa mientras yo muevo los pies, los brazos y doy vueltas al ritmo de la música. Levanto la mirada al techo de madera blanca mientras doy otra vuelta más antes de volver a bajar la mirada pero ha desaparecido de mi campo visual. Le busco entre la gente sin dejar de moverme ni un segundo. Tengo la sensación de que aunque quiera pararme seré en incapaz y es entonces cuando aparece de la nada junto a mí.- Estás loca, ¿lo sabías? Pero aún y así eres adorable. – susurra como si tuviera miedo de que alguien pudiera oírle decir esa última palabra, aunque lo dice en un tono lo suficientemente alto como para que yo le oiga.

- Las mejores personas lo están, ¿recuerdas? – se echa a reír nada más oírme y la risa se me contagia. La música ha parado y me encuentro parada ante él que mira por encima de mi hombro posiblemente buscando a su hermana. – Estará bien. Es muy espabilada. – como casi todos nosotros a su edad. No nos queda otra si queremos vivir en la sociedad y en las condiciones en las que nos ha tocado vivir. La vibración vuelve a la vida, la noto en los pies casi antes que sentir la música en mis oídos. Vuelvo a tener la misma sensación que momentos antes, esa vida y como si todo en ese lugar tuviera otro tono, más alegre. Es agradable olvidar que somos pobres, que puede que mañana vivamos bajo un puente con la única compañía de las ratas y otros vagabundos. Es mágico que algo tan simple como la música te haga olvidarte de tu condición y te haga ser la persona más feliz del mundo.

Sin miedo a que me rechace o me suelte bruscamente le tomo la mano y aunque al principio me mira contrariado y con el cejo fruncido al final sonríe. – No sé me da bien bailar – me dice sin borrar la sonrisa divertida de su rostro mientras mira a nuestro alrededor, a otras parejas, a esa mezcla de personas de todas las nacionalidades que hay y que bailan sin importarles nada más que la felicidad que están sintiendo en estos momentos.

- Sólo déjate llevar por la música. Siéntela dentro de ti y muévete. ¡Yo tampoco me sé este baile! – parece que le he insuflado algo de optimismo pues me toma con la otra mano de la cintura con fuerza pero con delicadeza al mismo tiempo y empieza a deslizarnos alrededor de la sala. Sonrío mientras me dejo llevar por él y por la música. Somos pobres, no tenemos nada que ofrecer al mundo, nada que ofrecernos entre nosotros más que la mutua compañía. No tenemos nada que perder pero mucho que ganar. No tenemos una caja fuerte llena de fajos de billetes. ¿Quién dijo que el dinero da la felicidad? Carecemos de toda clase de lujos y somos felices. Felices con algo tan simple como unas notas tocadas por un músico que no busca otra cosa que hacer feliz a los demás con su música. Allí arriba estarán en sus salones lujosos con sus mejores galas y sus mejores joyas, pero, ¿sabes qué?, seguro que no están disfrutando de un momento tan mágico y pleno como todas las personas que estamos ahora mismo aquí reunidas. No, el dinero no trae la felicidad.

Esta noche la zona de tercera clase del Titanic brilla con luz propia. Tiene vida y supura felicidad. Una felicidad que muy pocos entenderán. Nos tomaran por locos, pero mientras Asier me lleva por ese pequeño espacio, pasando entre las otras personas que bailan al ritmo de la música, no puedo sentir otra cosa que una plenitud en el corazón que aquellos que creen tenerlo todo no experimentan del mismo modo que nosotros.

lunes, 12 de octubre de 2015

The First Time I Ever Saw Your Face [Fragmento II]

- Eres una joven especial. – su voz aterciopelada con ese acento francés consigue ruborizarme levemente. ¿Yo? ¿Especial? ¿Por qué? Tengo las manos estropeadas a causa de la lejía y apenas tengo dos mudas de ropa en la maleta, quitando aquel vestido que me regaló Chloë. No, no me considero alguien especial ni extraordinaria en absoluto. La miro con curiosidad como si con un simple intercambio de miradas quisiera darle a entender que quiero saber por qué dice eso. – Ves la vida de una forma que muy pocas personas son capaces. Soy capaz de verlo en tus ojos. – sonrío. Es la segunda persona que me dice algo semejante y me hace pensar que debería de empezar a creérmelo.

- Eso no va a cambiar la perspectiva de las personas que controlan el poder.

- No, pero tus hijos pueden heredar tu perspectiva y los hijos de tus hijos, y con el tiempo, esa herencia, esa perspectiva puede llegar a cambiar la perspectiva de la gente que sustenta el poder. Todo cambio en el mundo nace gracias a una persona que tiene un pensamiento diferente. – me sonríe al tiempo que se levanta de la silla donde ha estado sentada todo ese tiempo y no puedo evitar seguir sus delicados movimientos con mis ojos. Realmente me parece asombrosa su forma de pensar y el hecho de que haya sido capaz de leer de una forma tan clara a través de mí, como si hubiera sido un libro abierto de par en par esperando a ser leído.

jueves, 24 de abril de 2014

6 de abril de 1912

El principio de esta historia, de este proyecto...
Lo dedico a todas esas personas que a pesar de lo ocurrido
me siguen animando a seguir adelante con esto:
Paloma, Carla, Lorena, Marina, Manuel, Rafa, Atai, Aida...
Posiblemente haya más gente que me haya dicho
"No vale la pena dejarlo por ella" pero ahora no os recuerdo.
¡Gracias a todos! Va por vosotros.

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6 de abril de 1912

Emma, el nombre de mi madre, la persona dentro de la cual me formé y crecí durante nueve meses. Nací un catorce de abril de hace casi dieciocho años, no soy hija de personas importantes, soy hija de un carpintero y una costurera, no seré famosa, mi vida no estará relatada en los libros de historia, mi nombre no trascenderá y, muy probablemente contadas personas sabrán de mi existencia, conocerán mi historia. Estoy casi segura de que el billete de tercera clase para el R.M.S Titanic que ahora sostengo con mis manos, me va a cambiar la vida. Es una sensación, un pálpito. Sueños de un espíritu lleno de pasión dirán algunos, otros dirán que son sinsentidos o que es la esperanza que albergo de una vida mejor. No sé decir con exactitud qué es, incluso me da miedo. Tengo una sensación de vértigo invadiéndome la boca del estómago. Me voy a alejar de todo lo que me es conocido: mi país, mis amigos, mi hermana… Me voy a embarcar en un viaje al Nuevo Mundo, a América. Al mismo lugar donde fue mi padre hace un año y posiblemente el reencontrarme con él sea una de las cosas que más me emocionan y más ilusión me hacen de todo esto. Al menos no voy a hacer este viaje sola.

Es posible que a ti tampoco te interese demasiado la vida de una persona como yo, ¿o sí? Tampoco has llegado tan lejos aún en la historia como para decidir algo así… Te invito a seguir conmigo unas cuantas líneas más y si luego ves que no te convenzo, siempre puedes cerrar el libro y seguir con tu vida. No prometo aventuras épicas y fantásticas, pero supongo que sí que te puedo prometer una historia humana, de emociones, sensaciones y de una vida que puede ser la de cualquier persona, que podría haber sido la tuya de haber nacido en esta época… que podría haber sido la de un familiar o amigo tuyo. Nunca se sabe donde te llevará la vida y que te ocurrirá en ella.

El lugar de donde provengo no es que sea de suma importancia, mis padres han vivido siempre a las afueras de Londres, en una residencia modesta y sin demasiados privilegios ni posesiones valiosas. Realmente sus posesiones más valiosas siempre hemos sido sus hijas, mi hermana Theresa y yo. Ni mi hermana ni yo hemos tenido una mala infancia, hemos sido unas niñas y jovencitas muy felices, con unos padres que nos querían y adoraban con locura. Nunca nos ha faltado absolutamente nada. Hemos tenido ropa en condiciones y tres platos de comida diarios para llenar el estómago e incluso nos hemos podido permitir algún que otro capricho. No obstante, todo eso cambió cuando mi madre empezó a enfermar. Fue una enfermedad lenta y agonizante… Una gripe dijeron los médicos. Una gripe que la mantuvo en la cama desde que yo tenía trece años hasta el día de su muerte.

Recuerdo muy nítidamente esos años, esos meses y sus últimos días, a pesar de que han pasado casi cinco años desde que todo aquello empezó. Aún a día de hoy me duele no haber podido estar con ella en sus últimos momentos. El deber me llamaba y no es tan fácil tomarse un día libre cuando trabajas al servicio de una familia. No tienen compasión y por lo tanto tampoco consideración por los problemas de sus trabajadores, o al menos no todos ellos. Esos ojos verdes que me miraban desde el otro lado del salón llenos de compasión, hoy día siguen haciéndome sentir menos invisible en una casa donde el servicio es como un simple mueble. La enfermedad de mi madre nos pilló por sorpresa. Una tarde se desmayó sin más y cuando fui a auxiliarla noté que estaba ardiendo, como siempre había plasmado una sonrisa en su rostro y fingido que todo iba bien. Es un rasgo odioso pero que yo misma he heredado de ella. Odio que la gente se preocupe por mí y se esconder muy bien los dolores, la tristeza y fingir que todo va perfectamente.

Un desmayo y fiebre. Todo empezó con eso y termino de la misma manera. El médico le diagnostico una gripe y le dio unos medicamentos que si bien la ayudaron a sentirse mejor nunca la sanaron del todo. Sigo en mis trece de que no era una gripe y que ni el médico supo exactamente lo que mi madre padecía. Su enfermedad fue la razón por la que tanto mi hermana como yo tuvimos que buscar un trabajo, que ayudara a la economía familiar y nos permitiera independizarnos en un futuro. No negaré que la idea de irme a trabajar en la servidumbre de una familia adinerada no fue enteramente de mi agrado, pero era lo máximo a lo que podíamos aspirar…

Llegamos al hogar donde íbamos a trabajar una mañana de mayo, yo acababa de cumplir los catorce años. ¿Qué si recuerdo la primera vez que me vi frente a aquella intimidante casa? Sí, perfectamente. Me sentí pequeña y mi hermana envolvió la mano que tenía más cerca de mí con una de las suyas haciendo que me sintiera protegida y un poco más fuerte. Sentí que con ella al lado podría cruzar aquellas enormes puertas de roble y enfrentarme a lo que fuese que hubiese dentro.

Los suelos eran lustrosos y casi parecía que pudiéramos vernos reflejadas en ellos. Viré el rostro hacia Theresa que estaba justo a mí lado y pude ver en su rostro la misma sorpresa que posiblemente estuviese dibujada en la mía. - ¿Las hermanas Miller? – Preguntó una joven mujer que se acercó a nosotras. Mi hermana asintió y me dio un apretón en la mano que manteníamos entrelazadas con fuerza. – Puntuales. A la señora le gusta la puntualidad. – Enarqué una ceja con curiosidad mientras la observaba. Sus cabellos estaban ocultos bajo la cofia de color blanco de la que solo salían algún mechón de pelo rubio. El vestido que llevaba era negro de cuello alto y cuya falda le llegaba hasta los tobillos. Todo ello complementado con un delantal de color blanco. Así que así íbamos a vestir a nosotras… - Me llamo Mellanie. – Se presentó finalmente antes de hacernos un gesto con la mano para que entrásemos. – Os enseñaré un poco esto, es imposible aprenderse todos los lugares de memoria de entrada, así que no os preocupéis. Somos casi cincuenta personas en el servicio, tampoco hace falta que os aprendáis los nombres de todos ya, lo más importante primero es saber los nombres de los señores y las señoritas. – Nos guió hasta el primer piso subiendo por una enorme escalera cuya barandilla era de un tipo de madera precioso y los escalones juraría que de mármol. – También es importante que memoricéis enseguida como les gustan las cosas más cotidianas. El desayuno, el té, que les vistan, les peinen, cosas así… - ¿En serio? ¿Solo eso? Mi cabeza estaba a punto de estallar de la cantidad de información que me estaba metiendo aquella joven en la cabeza así de primeras. Miré a mi hermana de reojo y pude ver en su rostro el mismo estrés que me estaba invadiendo a mí. No pude sentirme más aliviada ante el hecho de que no era la única que pensaba que iba a meter la pata de un momento a otro cuando me dejaran sola. - ¡Cuidado por dónde vas Toby! – Le espetó la mujer cuando vio a un joven de cabellos castaños pasar con una bandeja y bastante prisa.

- Lo siento, Mellie. Las prisas, ya sabes… - Pareció notar nuestra presencia justo en ese momento y una sonrisa se dibujó en su rostro mientras nos miraba. - ¿Sois las hermanas Miller? – Preguntó directamente mirándonos a nosotras. Yo siempre he sido la más impulsiva pero la timidez me ganaba la batalla en ese momento y permanecí callada aunque sin quitarle la mirada de encima. Tenía algo que hacía que quisieras saber más de él e incluso un halo a su alrededor que te decía que era una persona de confianza.

- Sí, son ellas. Les estoy enseñando un poco la casa. ¿Por qué no sigues con tus tareas? Pareces un pasmarote ahí… - Pronto averiguaríamos que Mellanie no era una simple sirviente. Era el ama de llaves de la casa, la mujer que controlaba a todos los trabajadores en aquella enorme casa a excepción del chófer que era cosa aparte.

- Sí, señora. – Noté cierto tono de broma en la voz del muchacho que hizo que Mellanie frunciera el ceño y le fulminara con aquellos ojos que poseía. Yo por mi parte tuve que llevarme una de las manos a la altura de la boca para disimular la sonrisa divertida que acababa de salir en mi rostro. Me miró unos segundos y sonrió divertido también, además de guiñarme el ojo. No hacían falta palabras: lo había visto. Le seguí con la mirada durante unos segundos hasta que le perdí de vista al desaparecer tras una esquina. Mellanie entre tanto había vuelto a hablar pero se podría decir que yo había desconectado por completo y solo volví a conectar cuando noté que la mujer volvía a caminar.

- … En el ala norte de la casa. Por supuesto no contamos con los mismos lujos que ellos, pero no están mal. Tú compartirás habitación con tres muchachas y tú – En ese momento me miró directamente a mí – Con otras cinco doncellas. Si no os parece bien o nos caen bien os tendréis que aguantar. Nada de lloriqueos, nada de pucheros, aquí somos doncellas, estamos para servir, ayudar y hacer las tareas que nos pidan los señores, pero sin quejarnos, ni mostrar lo cansadas que estamos. – Paró en medio del pasillo, aunque no me hubiese dado cuenta nos estaba dirigiendo precisamente a la ala norte de la casa. Su mirada volvió a hacerme sentir pequeña en medio de aquel enorme pasillo. – La regla más importante es que aunque lo veamos y oigamos todo, de puertas afuera de la habitación donde ocurran las cosas seremos ciegas y sordas. Nada de chismorreos o cotilleos sobre los señores, sus familiares o sus amigos, ¿entendido? – Asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Incluso bajé la mirada al suelo y la mantuve ahí el resto del camino hasta nuestras habitaciones. Primero la de mi hermana y luego la mía donde había una muchacha. Mellanie se despidió de mí cerrando la puerta tras de mí y dejándome con aquella muchacha pelirroja y pecosa.

- Me llamo Jill, bienvenida. – Una sonrisa cándida asomó en su rostro y casi de inmediato me relajé. La miré unos segundos con curiosidad, parecía una muchacha vital, llena de vida. - ¿Cómo te llamas? – Se acercó hasta mí, pasándome uno de los brazos por encima del hombro.

- Valerie. – Respondí con timidez mientras me dejaba arrastrar por la muchacha hasta la cama más alejada de la puerta. Estaba cerca de la ventana y fue entonces cuando gracias a la inclinación de la pared en esa zona me di cuenta de que estábamos en la alcoba. – Vaya… - No sabía que esperar la verdad. Fruncí la nariz ligeramente cuando un olorcillo a moho llegó hasta mis fosas nasales.

- No vivimos en las mejores condiciones, pero he oído que hay doncellas que viven peor. – Jill se encogió de hombros antes de mirarme brevemente unos segundos y dirigirse a un armario del que saco un uniforme. – Creo que te valdrá hasta que te tomen las medidas y te hagan tus uniformes. – Me sonrío de una manera que consiguió que todo el miedo que había tenido antes de llegar se desvaneciera. Lo hacía por un bien mayor, no sólo para poder independizarme económicamente, sino también para ayudarnos a mis padres, en especial a mi madre que seguía estando enferma.

Esa misma noche me presentaron a los Whitakker, después de haberme explicado alguna que otra cosa sobre los mismos y cuáles serían mis tareas concretas. Al parecer iba a encargarme personalmente de todo lo que necesitara Chloë, la hija pequeña de la familia. Estaría mintiendo si dijera que sabía exactamente lo que me podía esperar. Iba totalmente a ciegas porque nunca antes había conocido a personas “importantes” ni de un estatus social superior al mío. Para mí era algo impensable estar en un lugar como aquel y trabajar para una familia adinerada. Nos hicieron bajar a una habitación que era igual de gran prácticamente que toda mi casa, el salón de estar según nos dijeron. Tuve que reprimir el quedarme boquiabierta ante semejante visión, pues imaginaos cómo me sentí en ese momento. Pequeña, insignificante en medio de aquel majestuoso salón.

Los Whitakker se volvieron a mirarnos tanto a mí como a mi hermana cuando Mellanie les anunció nuestra presencia en el lugar. La primera persona con la que se toparon mis ojos fue una mujer de cabellos oscuros como la noche y ojos del mismo tono. Tenía una mirada profunda, de esas que te atraviesan cuando se posan sobre ti. Tenía unos rasgos muy suaves y femeninos y unos labios carnosos que formaban una línea recta. Sus ojos nos examinaron como si fuéramos un mero objeto que tenía que tener su visto bueno. – Perfectas. – Comentó sin más mirando directamente al ama de llaves como si nosotras no estuviéramos allí. Junto a ella fumando había un hombre de mediana edad, tenía aspecto cansado y sus ojos estaban ligeramente hundidos. Aún así nos dedico una sonrisa escondida tras la espesa barba que poseía. Se trataba de James Whitakker el patriarca de la familia, el marido de la mujer estirada, Siobhan Whitakker. Sentados en un sofá de piel de un color granate, estaban los hijos mayores del matrimonio: Chloë, una muchacha menuda de cabellos oscuros pero unos intensos ojos verdes, tiene la cara ovalada y los mismos rasgos suaves de su madre, así como sus mismos labios, pero su mirada y la sonrisa que hay en su rostro transmitían dulzura e incluso podría decirse que inocencia, algo muy alejado de la frialdad que transmitía Siobhan. Luego estaba Christopher, el primogénito de los Whitakker, que estaba sentado junto a su hermana, poseía los mismos ojos verdes que esta y su padre, y unos rasgos varoniles muy marcados, pero al contrario que su hermana y su padre, él parecía estar envuelto en un aura de misterio y frialdad que me llamó la atención desde el primer momento.

Podría decirse en efecto, que los misterios es algo que me fascina en la vida y, en esos momentos Christopher Whitakker se me presentó como uno de ellos. Como uno de los muchos misterios que estaba dispuesta a resolver en la vida. Era una necesidad de saber que había bajo aquella apariencia distante y fría que mostraba en un primer contacto. Mis ojos marrones entraron en contacto con sus orbes verdes sin ser aún consciente de lo mucho que iba a significa él en mi vida y todas las cosas que se escondían tras aquella fachada que me estaba mostrando en aquellos momentos.

Vuelvo a mirar unos segundos el pasaje del R.M.S. Titanic que he dejado a un lado mientras terminaba de hacer la maleta y me dejo caer sobre el colchón de paja sobre el que he dormido los últimos tres años observando mí alrededor. La alcoba está llena de las posesiones de mis compañeras de cuarto, es el lugar donde he vivido muchas cosas los últimos años y siento que lo voy a echar de menos. En cierto sentido es mi hogar, pero cuando pienso en todo lo que me queda aún por delante y el viaje que me espera, vuelvo a sentirlo.

De algún modo sé que este viaje me va a cambiar la vida. Nos va a cambiar la vida a ambos.




sábado, 22 de febrero de 2014

We're Born to Die

Para Lara, porque es parte de la historia, parte de Valerie.
Para Paloma por animarme siempre con sus comentarios.

Para Marina, porque sé que le va a encantar.
Y antes de nada, perdón si os parece triste...
Pero... la vida es así.


Empiezo a sentirme encerrada. Sí, hasta ahora no me he dado cuenta de que todo este tiempo he estado metida en una jaula. Una jaula con paredes de madera y puertas, pero una jaula al fin y al cabo. Lo peor no es estar aquí. No, lo peor es hacerse consciente de que se te está acabando el tiempo. Cada segundo, cada minuto que pasa el tiempo que tengo para salir de aquí con vida se me va a agotando. Él también lo sabe, lo veo en sus ojos que en ese momento me miran con una preocupación que va aumentando cada vez más. La relativa tranquilidad de hace un rato ya no existe. Es palpable. En el ambiente, sus gestos, su respiración, la fuerza con la que me toma la mano y me arrastra por el pasillo. Un pasillo que se ha convertido en un río y donde el agua nos llega ya por la cintura.

Nunca lo he expresado en voz alta, pero uno de mis mayores temores es morir ahogada y creo que por primera vez en mi vida, ese miedo empieza a salir a la superficie, en forma de pulsaciones aceleradas y una respiración entrecortada mientras caminamos a contracorriente para buscar alguna salida de los pasillos de la muerte en los que nos encontramos. El frío del agua ya apenas lo siento, mis piernas están entumecidas debido precisamente a la temperatura del agua, pero eso no es algo que me vaya a frenar de seguir andando, seguir luchando por salir de allí, aunque sé que quizás esta sea mi última noche en la tierra. No soy del grupo de privilegiados, nunca lo he sido ni lo seré.

Lo único por lo que me siento privilegiada es por amar. Por ese amor incondicional que ha nacido en días, pero que me acompañará aunque muera esta noche. El amor no muere con la persona. El amor es inmortal. Permanece vivo en cada una de las personas a las que has conocido, a las que has tocado con tu gracia y tu candor. Ese amor permanece en los recuerdos que todas las personas que han pasado por tu vida albergan de tu persona, sean buenos o malos recuerdos. ¿Puedo morir esta noche? Sí, soy más que consciente de ello, pero al menos he amado y me han amado… y ese amor que he profesado de una forma tan pasional, tan genuina, tan única, puede salvar la vida de la persona que más he amado, puede ayudarle a seguir su camino aunque yo ya no esté a su lado, aunque no caminemos juntos nunca más.

Unos gritos me sacan de mi ensimismamiento y miro al frente. Otro grupo de personas que intenta salir de allí y aunque yo hubiera seguido adelante, él me hace torcer y subir unas escaleras hasta llegar a una puerta de hierro. Esas puertas que ahora más que nunca nos indican cual es nuestra posición en la escala de la humanidad. Siento el peso de la falda del vestido que llevo puesto cuando dejo de estar en contacto directo con el agua helada. ¿Y ahora qué? Echo un vistazo a mi espalda, el agua empieza a subir también por los escalones y empiezo a sentirme atrapada. Entre la espada y la pared. Mi respiración se acelera y mis ojos deben ser un claro reflejo del pánico que empiezo a experimentar. Voy a morir, estoy segura.

El sonido del metal chocando hace que vuelva la vista hasta él. Tiene un manojo de llaves en las manos. - ¿Cómo…? – Noto mi voz ahogada y ligeramente chillona, fruto del miedo que se ha empezado a apoderar de mi cuerpo. No entiendo cómo se ha podido hacer con ese manojo de llaves, en mi cabeza no tiene ningún sentido, no al menos en este momento, cuando noto el movimiento del agua y puedo ver su reflejo de un color verdoso acercándose a nosotros por el rabillo del ojo. Mi respiración vuelve a agitarse mientras le veo pelearse con las llaves, buscando la correcta, la que abre la reja y nos puede sacar de aquí.

Pasan los segundos, los minutos y aún no parece haber encontrado la llave correcta. Miro con nerviosismo el manojo de llaves en su mano, que mueve frenéticamente probando todas…, pero son tantas… De súbito siento el agua nuevamente rozando mis zapatos y el frío intenso me vuelve a invadir. No puedo evitar soltar un chillido, haciendo que él también baje la mirada al suelo y empiece a mover las llaves con más prisa. Noto como sus manos empiezan a temblar y como le cuesta incluso meter la llave en el hueco de la cerradura, mientras que el nivel del agua sigue aumentando.

Un “click” me hace volver la mirada desde el agua hasta la puerta. ¡Ha encontrado la llave! Una sensación de vértigo recorre todo mi cuerpo y el alivio prácticamente se entremezcla con el resto de emociones que tengo ahora mismo dentro del mismo. Parece mentira, pero es la fuerza del agua a mis pies que me arrastra hacia delante. Me golpeo ligeramente con la pared que está frente a mí. Me ha parecido oír algo caer dentro del agua y la reja volver a cerrarse. ¿Habrán sido sólo imaginaciones mías? Las luces parpadean sobre mi cabeza al tiempo que me doy la vuelta.

Horror. Es un sentimiento que no hubiera querido experimentar nunca. Noto que mis ojos empiezan a humedecerse y lucho por mantener las lágrimas dentro de ellos, porque la visión de lo que tengo delante no necesita palabras, no necesita que nadie me diga qué va a pasar ahora. Sé perfectamente lo que va a pasar. Me acerco de nuevo a la reja conteniendo las lágrimas. Veo impotencia en sus ojos que me miran desde el otro lado, donde ha quedado encerrado. - ¿Y las llaves? – Pregunto con una nota histérica en mi voz mientras miro a mis pies y a los lados, pero ni rastro del manojo de llaves que llevaba hace unos momentos en sus manos. - ¡¿Dónde están?! – El eco de mi propia voz retumba contra mis oídos y ahora sí que ya no puedo evitar echarme a llorar. Siento las lágrimas caer por mis mejillas y como estas empiezan a arderme, como si el contacto con mis lágrimas quemase. - ¡Maldita sea! ¡¿Dónde están?! – Me aferro con fuerza a los hierros, con tanta que noto como el filo me corta una de las palmas y la sangre empieza a salir con lentitud de la incisión.

- Se han caído… - Su voz ya no es la misma. No es esa voz vivaz y que siempre te animaba a seguir adelante, la que muchas veces me levantaba el ánimo, me ayudaba a levantarme y seguir con todo lo que tenía que hacer. Su voz está ausente y sus ojos reflejan que es consciente de su destino, de que va a morir en… ¿cuánto? Unos minutos, eso está claro. – Es el final… Al menos he podido salvarte a ti, es todo lo que deseo, que tú vivas, yo ni siquiera debería estar aquí. – Eso es verdad, pero aún así… No puedo creerme que después de todo, vaya a acabar de esta manera. Su mano se posa en una de mis mejillas húmedas a causa de las lágrimas, pasándome el pulgar por la misma intentando secarla, pero va a ser inútil porque de mis ojos no dejan de brotar más y más lágrimas. – Tienes que irte. No pierdas más el tiempo. – Y aunque una parte de mí quiere irse y alejarse de allí, otra parte me mantiene estancada en ese sitio. Tengo que encontrarle, tengo que reunirme con él, sí, pero esperaba que pudiéramos hacerlo los dos juntos… Me parte el corazón tener que dejarle atrás. – Él es tu alma gemela…, encuéntrale…, yo ya he cumplido esta noche.

El agua prácticamente ha alcanzado mis rodillas. La suplica en sus ojos consigue que apoye mi frente contra la reja durante unos segundos. Respiro hondo. - Valerie… - Levanto la mirada hasta su rostro, hasta esos ojos que conozco tan bien. – Quería que supieras que te he querido desde hace mucho tiempo… - Una sonrisa escapa de mis labios, nunca lo hubiese imaginado y se me hace muy cruel que me lo diga en un momento así, aunque también soy consciente de que es la última oportunidad que tiene para decirme lo que siente por mí. – Pero…, Asier es la persona a la que estas destinada y nunca me perdonaría que te retuviera aquí abajo y murieras conmigo, así que… vete ya.

Eso ha sido una orden en toda regla, el tono de voz que ha usado no ha dejado lugar a dudas. Ahora soy yo la que cuela una de mis manos entre los huecos y le acaricia la mejilla, pasándole también la mano entre sus cabellos una última vez. Ya no habrá más veces. Es el final. – Gra-gracias por ser mi amigo… Nunca…, nunca te olvidaré Toby. - ¿Cómo iba a poder olvidarle alguna vez? Acababa de salvarme la vida y a cambio él se había quedado allí encerrado. Noto sus manos contra su estómago y como me empuja con suavidad, una señal, un gesto silencioso para que me aleje y siga mi camino. Un camino en el que él ya no va a estar.

Se me escapa un gemido. El agua está alcanzando mi cintura y sé que no me queda mucho tiempo si quiero salir de aquí, si quiero encontrar a Asier. Le miro una última vez mientras siento que mi garganta se cierra. Sigo llorando y sollozando porque sé que va a morir de una forma espantosa y es algo que hubiese preferido no saber. – Te quiero, Toby. – Me oigo decir a mí misma con la voz entrecortada.

Duele. Duele más que cualquier otra cosa. Me duele el simple hecho de empezar a caminar y alejarme del hueco de las escaleras donde Toby está. De esas puertas de hierro tras las cuales está, con sus manos aferradas al hierro. Noto como me observa alejarme. Sigo llorando, es algo que no puedo evitar dada la situación, porque a cada paso que doy, a cada paso que me alejo de él y lo dejó a su suerte, siento que el corazón me pesa más y más. Es descorazonador… y no sé cómo describir cómo me siento en estos momentos.

Llego al final del pasillo y noto que el nivel del agua empieza a disminuir y me cubre menos parte del cuerpo. Otras escaleras. Echo un vistazo hacia arriba y suspiro aliviada al ver que allí no hay ninguna puerta como la que acabo de pasar, como la que ha atrapado a mi mejor amigo. No puedo evitar mirar hacia el punto donde debería estar Toby. Un sollozo escapa de mi garganta cuando no distingo sus manos aferradas a la reja. ¿Qué esperabas Valerie? ¿Qué fuera inmortal?

Es entonces cuando por primera vez en toda la noche todo el miedo, la impotencia y el sufrimiento salen de mi interior. Tengo una necesidad imperiosa de tener a Asier junto a mí, de sentir su calor, su presencia y oírle decir que todo va a salir bien, porque está ocurriendo precisamente todo lo contrario. Un grito desgarrador sale de mi garganta, algo que nunca hubiese imaginado, siento como me desgarra por dentro y como saca todo lo que siento en esos momentos. Es un grito acompañado de lágrimas, del llanto señal de la desesperación que estoy sintiendo.

Mi mejor amigo ha muerto y a la persona que amo la he perdido hace largo rato. Estoy completamente sola en un barco que se hunde y puede que yo también muera aquí abajo. ¿De qué otra manera podría sentirme? Pero recuerdo lo que me ha dicho Toby y aunque mi cuerpo no quiera, aunque este vacía por dentro, sé que tengo que seguir adelante. Me doy la vuelta sobre mí misma y con pasos torpes y temblorosos pero con decisión empiezo a subir los escalones.

No tardo demasiado en llegar al siguiente nivel, la siguiente cubierta. Echo un vistazo por encima de mis hombros y compruebo que el agua ya ha alcanzado el segundo escalón de las escaleras que acabo de subir a trompicones. Él ya no está y mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas. Nada en la vida te prepara para una experiencia como la que estoy viviendo yo ahora mismo, perdida en un barco que se ha convertido en un laberinto, en una cárcel, en un corredor de la muerte.

Siento el peso sobre mis hombros. La pérdida. Mis piernas empiezan a temblar sin control alguno y noto como me vengo abajo. Mis rodillas chocan contra la moqueta del suelo al igual que las palmas de mis manos. Tengo un nudo en el estómago y la garganta me arde. Los sollozos y el llanto que me embarga están empezando a asfixiarme, soy incapaz de inspirar suficiente aire para que llene mis pulmones. Sé perfectamente que tengo que levantarme, que tengo que seguir porque el agua va a seguir subiendo, pero todos los músculos de mi cuerpo flaquean y no parecen querer responder a las órdenes de mi cerebro. Órdenes débiles debido a mi estado emocional.

Tengo la sensación de que lo he perdido todo. ¿Queda algo por lo que luchar? Porque incluso Asier puede estar muerto. El pensamiento cruza mi mente y me golpea en el pecho con tanta fuerza que todas mis emociones se ven intensificadas, al igual que los temblores que han invadido mi cuerpo y las lágrimas que hace mucho que ya no me molesto en refrenar.

- ¿Val? ¿Valerie? – Sería capaz de reconocer esa voz en cualquier parte del mundo, de cualquiera de las maneras, pero mi mente me dice que es sólo fruto de mis deseos más profundos. Incluso cuando oigo los pasos acelerados que se aproximan hasta donde estoy yo, me sigo diciendo que sólo son imaginaciones mías. Es notar sus manos levantando mi rostro e inmediatamente después sus brazos rodeándome la espalda y atrayéndome hasta él lo que me hace consciente de lo real que es. Me dejo abrazar como una muñeca de trapo rota y es que realmente, me siento horriblemente rota por dentro. – Pensaba que no te iba a volver a encontrar… - El acento francés en su voz me hace sonreír brevemente entre las lágrimas que siguen saliendo de mis orbes marrones. Su olor, ese olor que conozco tan bien me embarga por completo y mis brazos que parecían muertos reaccionan y le abrazan de vuelta, con fuerza. Una fuerza que pensaba que ya no poseía. Noto sus manos ir hasta mi rostro otra vez para levantarlo y como pasa las yemas de sus dedos por sus mejillas quitando las lágrimas. Estoy segura de que debo tener un aspecto horrible, pero eso no parece importarle cuando me besa en los labios. – Ma chérie… - Oigo que susurra sin alejarse demasiado de mí rostro, de modo que noto su aliento contra mis mejillas.

- Te amo. – Me ha salido de una manera espontánea, de la misma manera que a Toby le salió hace un rato decirme lo que sentía por mí. Del mismo modo que mi difunto amigo, siento que tengo que decirlo porque puede ser una de las últimas veces que pueda expresar lo que siento. No necesito que me responda de vuelta, soy capaz de ver la respuesta en sus ojos azules y la fuerza con la que me vuelve a abrazar antes de incorporarse ligeramente.

- Tenemos que salir de aquí Val. – Sí, hay que salir de esta ratonera, pero mi cuerpo parece estar demasiado agotado. La muerte de Toby sigue manteniéndome en un ligero estado de shock y no me permite reaccionar con la rapidez con la que quisiera. – Te tengo que sacar de aquí. – Le oigo rectificar y siento como uno de sus brazos me rodea la espalda y con la otra me coge por debajo de las piernas. Como tantas otras veces, como la primera vez que nos conocimos, como esa primera noche en el comedor donde me desmayé. Como otras tantas veces…

lunes, 21 de octubre de 2013

Unable to stay, unwilling to leave II

Por mucho que intento volver sobre mis pasos la gente me arrastra y después de unos minutos intentándolo me doy por vencida y simplemente me dejo llevar por esa inercia con un enorme vacío en mi corazón que no da cabida a nada más que no sea ansiedad y miedo. De pronto me encuentro cerca a los pies de una de las escaleras que llevan a las puertas que conducen a las otras cubiertas del barco. Incluso desde mi posición soy capaz de ver como las verjas de hierro negro están cerradas. Frunzo el ceño y arrugo la nariz durante unos segundos. ¡Qué extraño! ¡Qué raro que nos dejen aquí abajo! El último peldaño de la sociedad etilista de nuestra época, la escoria dentro del trasatlántico. Respiro hondo mientras oígo a algunos hombres decir que aquí abajo también hay mujeres y niños y, justamente mis ojos castaños se cruzan con una mujer que protege con sus brazos a sus dos hijos pequeños. Una sonrisa espontánea asoma en mi rostro y uno de los pequeños me la devuelve de forma tímida.

El hombre arriba insiste con más impetú, con más fuerza y un rayo de esperanza se abre paso para todos los que estamos allí abajo cuando vemos como abre las verjas y las puertas de hierro que nos mantienen allí abajo encerrados dejan de existir. Como si de una ola que fuera a arrasar con la arena de la orilla de una playa, toda la gente que está a mi alrededor empieza a empujar y a moverse con prisa escaleras arriba, de manera desesperada, cosa que tampoco es tan extraña teniendo en cuenta la situación en la que nos encontramos, pero eso sólo empeora las cosas, pues a los pocos segundos haberse abierto las puertas de hierro y habiendo salido unos cuantos pasajeros de tercera clase de la ratonera en la que estamos metidos, desde mi posición y a pesar de los golpes que recibo de aquí y de allá, puedo ver cómo vuelven a cerrar.

Respiro indignación a mi alrededor y muchos de los pasajeros vuelven a gritar, por sus vidas y la de aquellos que les acompañan. Aunque me ha costado unos cuantos minutos, finalmente me decido y con toda la fuerza que poseo me abro paso a golpes entre aquellas personas apiñadas al pie de la escalera. El pasillo está más lleno que hace unos momentos, o al menos más lleno que cuando he hecho el viaje a la inversa y me permito respirar hondo cuando salgo de aquel agrupamiento de gente que me mantenía oprimida y que había empezado a conseguir que la angustía se adueñara de mi cuerpo. Me apoyo contra la pared de madera blanca del pasillo sin antes mirar hacia el suelo para asegurarme de aquí no hay agua. En mi cabeza no deja de repetirse una pregunta: ¿Dónde estará él? Y siento que las lágrimas empiezan a agolparse en mis ojos y amenazar con rodar por mis mejillas en el momento menos pensado.

Mi corazón, algo muy dentro de mí me dice que no está demasiado lejos de mí y recuerdo sus palabras: “No puedo dejarte Val. No puedo. No me lo habría podido perdonar nunca”. Esas palabras son lo que me dice con más fuerza que mi propio corazón que aún sigue por estos pasillos, que posiblemente esté buscándome… Una búsqueda que se va a convertir en una pesadilla o al menos eso es lo que acabo pensando cuando me doy cuenta de que es prácticamente imposible encontrar a alguien allí abajo, perdido, cuando todo el mundo corre hacia todos lados, cuando el ambiente está lleno de gritos, angustia y miedo. Cuando el barco se está hundiendo.

Aquellas lágrimas que hace unos momentos amenazaban con salir finalmente lo hacen, y no soy capaz de detenerlas. No quiero detenerlas, necesito sacar toda esa angustia que tengo dentro de mi pecho hacia afuera, a pesar de saber que el tiempo corre en mi contra y que allí parada en medio del pasillo desde luego no voy a hacer nada. - ¿Valerie? – Mi nombre en boca de una voz conocida hace que levante la mirada, con las lágrimas corriendo por mis mejillas y sintiéndome aliviada de súbito al darme cuenta de que es una persona conocida, alguien de confianza, un apoyo. Aún así las lágrimas siguen corriendo y yo sigo llorando porque no es precisamente la persona que tanto deseo encontrar. - ¿Val qué haces aquí parada? Tengo que sacarte de aquí… Ponte esto. – Pone en mis manos un chaleco salvavidas que miro ligeramente desconcertada antes de volver a levantar la mirada y negar con la cabeza. No, no y no.

- No puedo irme Toby… No puedo. – Sigo negando con la cabeza hasta que mis ojos marrones acaban posados sobre uno de los extremos del pasillo. Los gritos siguen llenando mis oídos, sumados a llantos de otras persona. – No puedo. Está aquí abajo. Tengo que encontrarle. No pienso irme sin él, ¿entiendes? – Intento sonar segura, lo intento con todas mis fuerzas pero las lágrimas rompen mi voz y la desquebrajan haciendome sonar insegura. – No puedo perderle, Toby… - Alargo una de mis manos hasta tomar uno de sus brazos con fuerza. – Ayúdame a encontrarle, por favor. – La suplica sale de entre mis labios sin apenas pararme a pensar que si mi amigo decide ayudarme, estaría ayudándome a encontrar a una persona que prefiere que este fuera del mapa, fuera de la ecuación, a no ser que haya decidido anteponer mi felicidad a sus propios sentimientos.

- Está bien, te ayudaré. – Suspiro de alivio y siento como entrelaza nuestras manos, aunque la sensación que me embarga no se asemeja en nada a la que me invade cada vez que Asier simplemente me roza. – Pero primero ponte el chaleco.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Unable to stay, unwilling to leave

Para mi querida Lara
Aunque sólo sea una versión
Será una especial hasta que llegue 
el momento de relatarlo juntas.



- ¡Valerie! ¡Val, despierta! – La voz amortiguada de Asier llega hasta mís oídos, instándome a que me despierte. Yo, por mi parte no siento deseos de despertarme, quiero seguir sumida en los mundos del sueño. Es el tono de urgencia que tiñe su voz al pronunciar mi nombre lo que finalmente me arranca del sueño. Abro los ojos, para encontrarme con sus ojos azules que reflejan algo que hasta este momento no había visto antes, preocupación e incluso juraría que ¿miedo? No estoy del todo segura pero si que sé que es algo que no he visto antes en su mirada.

Consigo apoyar los codos sobre el colchón de la litera mirándole sin entender a qué demonios viene tanta urgencia. Mis ojos se abren como platos cuando le veo con las prendas de ropa que he llevado aquel día y que me he quitado… Bueno, eso no hace falta especificarlo. Lo último que recuerdo, era a Asier vistiéndose para ir a buscar a Alice. Me prometió que no se demoraría demasiado y después de depositar un beso en mis labios salió por la puerta del camarote dedicándome una sonrisa a mí, que seguía sentada en la cama con la sábana tapándome el cuerpo.

Mis ojos pasan de la ropa que lleva en sus manos a sus ojos y vuelta a empezar. - ¡Póntela! ¡Date prisa! – No entiendo a qué viene tanta prisa y posiblemente esa confusión sea perceptible en mi rostro puesto que sin demorarse ni un segundo de más me pasa la ropa directamente mientras coge mis piernas, las saca de debajo de las sábanas y me pone los zapatos. Aún ligeramente desconcertada, decido hacerle caso y vestirme. Poniéndome incluso el abrigo que no tarda en pasarme cuando ve que ya estoy completamente vestida.

- ¿Qué pasa? ¿Dónde está Alice? – Ahora soy yo la que empieza a preocuparse cuando le veo inquietarse más de la cuenta. ¿No la ha encontrado? ¿Es eso? Prácticamente pego un salto de la cama y cuando mis pies tocan el suelo lo primero que siento es un frío intenso que me recorre las piernas y el resto del cuerpo consiguiendo que me estremezca de frío. Siento una humedad colarse por dentro de los zapatos que me ha puesto Asier y cuando bajo la mirada veo agua. ¡Agua! ¡Por el amor de Dios! – Oh Dios mio… Oh Dios mio… - Me llevo las manos a la boca sin creerme aún lo que mis ojos ven. Asier no me da tiempo para lamentarme o quedarme allí plantada. - ¿Qué pasa? ¿Por qué hay…? – Agua. Es la palabra final de esa frase, pero antes de que siquiera pueda salir de mi boca, Asier ya me ha asido de la mano y me ha arrastrado fuera del camarote. - ¡Espera! ¡Espera! – Tengo la suficiente fuerza como para soltarme de su agarre, darme la vuelta y volver corriendo, deshaciendo el metro que hemos recorrido, hasta volver al camarote.

Le oígo gruñir a mis espaldas y gritar mi nombre, incluso oígo sus pasos acelerados pisándome los talones. Sí, posiblemente haya hecho una estupidez, pues a la vista esta que no es el mejor momento para cometer locuras de este tipo, pero no puedo dejar algo tan preciado para mí atrás. Noto como los bajos del vestido que llevo están mojándose al rozar el agua. Me da la sensación de que al volver a entrar hay más. Siento que el cuerpo entero me empieza a temblar de miedo. Con manos temblorosas camino hasta el ojo de buey donde antes colgué el colgante de mi madre y lo cojo, volviendo a darme la vuelta para salir. La cara de exasperación de Asier que en otra ocasión me hubiese sacado una sonrisa divertida por eso de sacarle de quicio, ahora no es más que un reflejo de mi estupidez. No puedo culparle y enseguida vuelvo a buscar refugio en su mano, entrelazándola con la mía para volver a emprender la carrera.

Esta vez tira de mi con más fuerza, con más decisión. Realmente ya no hace falta que me diga porque hay agua, es obvio. No soy tan estúpida como para no saber qué implica que haya agua en un barco. La angustia empieza a hacerse un hueco dentro de mi organismo. Angustia. Ansiedad. Miedo. Siento su mano sujetar la mía con fuerza mientras vamos de un pasillo a otro. Alice. Aún no sé dónde está Alice. No sé cómo se ha enterado de eso. Nuestros pasos frenéticos empiezan a frenarse cuando nos encontramos con más gente que huye de aquella agua, de ese mal augurio, de la señal del hundimiento, de la muerte. Nuestros pasos se ralentizan. Ya no siento el agua al pisar y cuando bajo la mirada me doy cuenta de que allí el suelo está seco.

- Asier… ¿dónde está Alice? – Logro preguntar. Estoy lo suficientemente cerca de él como para que pueda escucharme a pesar de que los gritos y las voces alteradas con el pánico en ellas, esten sofocando la mía. Se vuelve hacia mí y veo en sus ojos azules aquella preocupación, pero también la ternura con la que siempre me mira, ese amor que sé que me profesa aunque no siempre me lo demuestre, aunque no lo plasme con palabras. Estoy a punto de descubrir que me ama más de lo que cualquiera de los dos imaginaba.

- Está con Clémence en Segunda Clase. No podía dejarte Val. No puedo. – Siento que el corazón se me va a salir del pecho. Lo noto bombear acelerado dentro del mismo después de oír aquellas palabras de su boca. – No me lo habría podido perdonar nunca…, eres… - Sé cuánto le cuesta expresar sus sentimientos y no puedo evitar apretarle la mano que aún me sujeta. – Eres demasiado importante para mí. – Esbozo una sonrisa. Por un momento hasta he olvidado dónde estamos, cual es nuestra situación en este preciso momento. La gente a nuestra alrededor ha dejado de existir. El pánico, los gritos, todo desaparecido. Al menos durante unos segundos hasta que un empujón de otro pasajero explota aquella burbuja.

Siento que me arrastra y ni yo ni Asier logramos mantener nuestras manos unidas. Vuelvo a oír que grita mi nombre, pero la marea de gente impide que vuelva hacia atrás, que retroceda y sólo me deja avanzar. Durante unos minutos aún soy capaz de ver su rostro, de oír su voz llamándome y posiblemente intentando llegar hasta dónde estoy yo, pero el tumulto de gente no hace más que aumentar y pronto me rodeada sólo de gente desconocida. Sin el calor de una mano amada y sin esa sensación reconfortante que siento siempre que está a mi alrededor.

viernes, 3 de mayo de 2013

Romeo y Julieta en 1900 [Malcolm]


Antes que nada, aclarar que este escrito no está escrito por mí. Está escrito por mi mejor amiga Lara Wilson (@ArsyWinter). ¡Espero que lo disfrutéis tanto como yo!



En una humilde calle de Galway, cerca de la zona portuaria de Irlanda, nació Malcolm como el cuarto hijo de un matrimonio católico. Desde que era enano, Malcolm siempre había sido el más apartado entre sus hermanos, quizás porque desde muy jovencito siempre había tenido ideas bizarras e innovadoras, nada comparado con la linea tradicional que llevaban en su familia. Mientras que sus hermanos siempre habían estado pendientes de las chicas y cosas de macho cabrío, Malcolm siempre parecía enfrascado en sus ensoñaciones, paseando solitario por su barrio o haciendo largas caminatas por el puerto, más de una vez llegando tarde a casa para cenar y regañado firmemente por sus padres, hasta el punto de quedarse sin cenar muchas de las veces. Aún guarda en su memoria la primera vez que consiguió hacer una montaña con cartas de Póker con mucho esfuerzo y sus hermanos vinieron isofacto a destruírsela. Le confesarían prácticamente al momento que era tonto por no darse cuenta que le estaban esperando a que terminara para derrumbársela. Malcolm aún era un enano en ese entonces y acabó dejándose llevar por el sentimiento e, incomprendido, decidió fugarse de casa y perderse por zonas boscosas. A los dos días volvió a casa por su propio pie para aguantar los numerosos castigos que le esperaban por semejante atrevimiento.

Así llegó a ser su infancia y hasta el día de hoy, tratado como el rarito de los Lynch, cosa que la familia trataba de disimular las "rarezas" de su hijo ante el vecindario, pues los rumores corrían como la pólvora y como católicos que eran, debían dar un buen ejemplo. Cansado de ese sentimiento de soledad e incomprensión por parte de quienes más debían entenderlo, cumplidos los dieciocho años y con todo el dolor de su corazón, Malcolm se hizo las maletas y se marchó de casa para hacer vida nómada hasta encontrar su sitio en el mundo como ilusionista, su mayor pasión. Aunque no lo pareciera, le dio pena y siempre se sintió mal por el hecho de abandonar a su familia por la que se suponía tenía que trabajar para mantenerla, pero no podía estar más tiempo allí. Mientras no encontraba trabajo durante su viaje, Malcolm se dedicó a los espectáculos de calle para ganar lo suficiente y llevarse algo de comer a la boca y pagarse algún que otro billete. Consiguió también trabajos temporales y no excesivamente bien pagados en circos sin renombre, pero no le importaba con tal de dedicarse por lo que él tenía pasión.

Pero su vida daría un cambio significativo cuando consiguió cruzar el charco y llegar hasta la capital de Francia, París, lugar reconocido por su bohemio ambiente. Enseguida le llamó la atención una carpa de circo que había allí. Antes de pedir su inserción en dicho circo, primero se aseguró de ver cómo era el ambiente, y fue cuando vio por primera vez a la que sería su futura mujer. Estuvo un buen rato observándola alelado incluso siguiéndola con sutileza asegurándose de que nadie se daba cuenta; Fue algo parecido a un amor a primera vista, a pesar de que ella ni se había dado cuenta de su presencia ni él la conocía.

Tardaron unos días hasta poder demostrar que estaba capacitado y convencer al directivo del circo para llegar a formar parte de él. Una y otra vez frenaba cualquier actividad que estuviera haciendo cuando veía pasar cerca de él o de lejos a esa joven muchacha que tanto lo atraía. Se las apañó para averiguar al poco tiempo que se llamaba Sutton, y que pertenecía a la élite del circo, así que era consciente de que podría estar jugando con fuego, nunca mejor dicho en ese ambiente. Aún así, eso no fue impedimento para acercarse a ella un día mientras ésta ensayaba sus espectaculares acrobacias, claramente fascinado se dirigió a ella alegando que se había equivocado de lugar, aunque obviamente era una mentirijilla a medias, ya que sí que iba con la maleta buscando donde ensayar, pero no era casualidad que entrara allí. Escuchó por primera vez su voz y descubrió a la joven debajo de su atractiva apariencia, cosa que lo fue enamorando cada vez más.

Surgió una bonita amistad entre ambos, Malcolm estaba especialmente atento a cada detalle, no escatimando a la hora de hacerle regalos aunque fueran humildes por no poseer más dinero, pero trataba de todas las maneras que fuera feliz mientras pasaba tiempo a su lado, igual que él lo era en esos momentos cuando la miraba a los ojos. No quiso confesar sus sentimientos hasta pasar un tiempo, no eran sus planes poder ofender a la chica y perder su amistad. Al fin y al cabo, él era menos que ella en ese mundo y posiblemente prefería a cualquier otro para compartir su vida. Aún así decidió confesar el amor que sentía una noche estrellada, lejos del circo y de ruido, preparado para afrontar la negativa de Sutton. Pero lejos de ello y a partir de ese momento, su amistad se convirtió en una relación sentimental, manteniendo la buena amistad que antes tenían y evolucionando cada vez más. Aún así, sólo ellos sabían de aquello como si fuera un secreto, debido a posibles represalias hacia él por parte de altos cargos del circo e incluso familia de Sutton, así que siempre debían de ir con cuidado a la hora de mostrar su amor mutuamente.

Pero las cosas llegaron a complicarse cuando Sutton le confesó un día que estaba embarazada. Era algo arriesgado, pero a pesar de ello, Malcolm se lo tomó con optimismo, aunque poco después se enteraría de su repentina expulsión del circo poco rato después de que Sutton le diera la noticia. Los motivos no eran del todo claros, pero lo que sí tenía claro, es que eso no iba a separarlo de la mujer que más había amado y al día siguiente volvería, pero volvería sólo para ver su pesadilla echa realidad. De la noche a la mañana, la carpa ya no estaba, ni rastro del circo, no podía creer que ya no estuvieran, que ya no estuviera ella. ¿Por qué no le habían dicho nada? ¿Por qué Sutton tampoco le había dicho que al día siguiente iban a trasladarse? Fue un duro golpe que le llevó tiempo intentar superar. De hecho el tiempo que estuvo en París, una y otra vez iba a visitar el lugar donde estaba el circo al tiempo que recordaba todo lo que allí había vivido. ¿Y qué sería de su embarazo? ¿Tal vez ese niño nunca llegara a nacer? Sólo se le podía ocurrir que fuera idea de su familia y directivos que se mudaran tan repentinamente. ¿Quizás habían averiguado lo de su relación?

Malcolm no tuvo más remedio que continuar con su vida, sin dejar su pasión hacia el ilusionismo, empezando de nuevo por los espectáculos callejeros, ya más conocido por su escueto tiempo trabajando en el circo. Pero decidió alejarse de la capital debido a que no podía seguir allí recordando todo lo que había pasado, tratando de olvidar, pues no había manera de saber dónde estaba Sutton y posiblemente nunca volvería a verla, nadie parecía tener información suficiente para dar con el circo y viajar no era tan fácil para alguien como él en aquellos tiempos. Trabajó temporalmente en pequeños circos deambulantes, hasta que un día encontró un cartel anunciando que el circo al que pertenecía Sutton volvía a la capital. Una mezcla de melancolía, alegría, incertidumbre y ganas de volver a verla, impulsaron que Malcolm volviera a viajar a París después de tiempo, dejando todo atrás, aunque tuviera un espectáculo aquella misma tarde. Llegó a localizar la carpa, pero al intentar acceder a ella, fue apartado e incluso amenazado de que no volviera a rondar por la zona. Sí, algo así como que los leones podían llegar a tener mucha hambre y que seguro que el público no le haría ascos a una réplica del circo romano de antaño cuando las fieras devoraban hombres. Resignado, a Malcolm sólo le quedaba esperar, no sin antes poder ver a Sutton e intercambiar un par de palabras que le costaba pronunciar después de tanto tiempo, antes de que fuera separado de ella por segunda vez. También se había cerciorado de que Vincent ya era una realidad, un niño capaz de caminar por sí solo. Malcolm le hizo saber a Sutton que los esperaría, que sus sentimientos no habían cambiado por ella, y así fue como la joven tomó la decisión de hacer las maletas con su hijo y hacer piña con Malcolm para viajar lejos del circo, la única manera de poder estar juntos sin riesgo a volver a estar separados.

La pareja se trasladó a Irlanda. Malcolm volvió a sentirse como en casa, pero mejor porque ya había conseguido algo que deseaba desde que era un infante: amor y comprensión. Gracias al ilusionismo y ahora teniendo a Sutton como ayudante y apoyo absoluto, la familia conseguía subsistir sin problemas, hasta el punto incluso de poder casarse. Malcolm volvió a tener contacto con su familia, incluso pudo presentarla a Sutton a pesar de que siempre había sido muy receloso a ello debido a que conocía a su familia y además el ambiente en su hogar de infancia había llegado a marchitarse más de lo que ya estaba. Sus hermanos parecían callejeros al lado de Malcolm, aún llevándose alguna perla o burla por parte de sus hermanos, los cuales le habían echado el ojo más de una vez a Sutton, y sus padres sin dar ni su negativa ni su aprobación al matrimonio. Ante la indiferencia, Malcolm decidió separarse de nuevo de ese ambiente y prefería hacer vida sólo y exclusivamente con su esposa e hijo, con los cuales ya era suficientemente feliz. Eso sí, para poder estar tranquilo con su conciencia, le dejó una cantidad de dinero a su familia, dentro de sus posibilidades antes de marcharse.

Posteriormente, la familia creció con un miembro más entre sus filas: Savannah, otro tesoro que proteger para Malcolm. Esta vez nació en Inglaterra, a diferencia de Vincent que, por lo que Sutton le explicó, obtuvo la nacionalidad Italiana al nacer en Florencia. Se encontraban en Londres, preparándose para un viaje en el gran transatlántico Titanic, cruzar el charco y llegar a América para hacer nueva y mejor vida allí sin dejar la pasión por el circo. ¿Lograrán su objetivo? Sea como sea, él ya no puede ser más feliz...

domingo, 28 de abril de 2013

Romeo y Julieta en 1900 [Sutton]


Montmatre, París, 1 de enero de 1887, fue donde nació Sutton siendo la segunda hija de un matrimonio de artistas de un circo itinerante de Europa, que se encontraba en el momento en que Niamh dio a luz en dicho barrio de la capital francesa. Desde el momento en que nació el circo entero se convirtió en su familia y no solamente su familia directa, eran todos ellos, en conjunto, una gran familia. A pesar de haber nacido en Francia y por tanto ser francesa legalmente, la verdad es que ni tan siquiera habla el idioma del país. Las ventajas de ser parte de un circo itinerante, es que pasas por muchos países a lo largo de los años y de tu vida. Sutton y su familia pueden presumir de haberse recorrido Europa entera y haber visitado algunos países y ciudades varias veces.

A la edad de cinco años, Sutton empezó a ser instruida para convertirse en trapecista (al igual que su hermano) y acróbata, y que así siguiera aumentando el número de artistas dentro del circo, aún así no fue hasta los trece años que empezaran a actuar en conjunto, haciendo todos los números los dos hermanos juntos. Con diecisiete años ya hacia acrobacias que implicaban el uso de fuego y otros objetos peligrosos, pero a esas alturas no tenía miedo a las alturas ni a ningún riesgo de cualquier tipo. Su vida tampoco es que fuera nada del otro mundo, durante todos esos años, se pasaban un mes en una ciudad haciendo espectáculos, recogían sus cosas y se subían al tren del circo que los llevaría hasta otra ciudad. Viajar se convirtió en algo incluso rutinario.

Por eso mismo nunca creyó ni esperó que su vida fuese a cambiar tanto como su décimo octavo Otoño, cuando apareció un Ilusionista en el circo buscando trabajo. Malcolm Adam Lynch era su nombre. Al pertenecer a la élite del circo en cuestión, Sutton no tuvo contacto directo con él hasta pasadas unas semanas. La división de las personas en el circo eran muy parecidas a la división de las clases sociales, así que no era tan fácil que un artista nuevo pudiera tener algún tipo de relación con aquellos que formaban parte de esa familia desde hacia años. Sin embargo antes de aquel primer encuentro si que le había visto por el circo y sus inmediaciones, su hermano le había dicho en alguna ocasión que el joven ilusionista la había mirado en la distancia de vez en cuando. Si fue casualidad o no, es un misterio, el caso es que dos semanas después de que el joven llegase, una tarde entró en la carpa donde ella estaba ensayando algunas acrobacias alegando que se había equivocado de lugar.

El que Sutton no fuese una “diva” propició a que pudieran mantener una conversación aquella misma tarde a partir de la cual empezó a mantener una especie de amistad con el joven ilusionista que empezó a llevarla a sus lugares favoritos del lugar antes de que partieran, así como a regalarle cosas o sacarse alguna flor de la chistera con sus trucos de ilusionista. De todos modos a pesar de haber crecido en aquel mundo del espectáculo, Sutton era una muchacha fácil de impresionar, por lo que disfrutaba de todo aquello como una niña pequeña. Poco a poco con el paso de las semanas, Sutton se empezó a dar cuenta de que para ella aquel joven se estaba convirtiendo en algo más que un amigo y otro artista del circo, hasta que el propio Malcolm le confesara una noche lo que sentía por ella y comenzasen una relación de pareja. Decidieron mantenerlo en secreto debido a la oposición de sus padres a que Sutton mantuviera alguna relación con alguien que no hubieran elegido ellos. Para Sutton fue una de las épocas más felices de su vida, hasta que un año más tarde descubrió que estaba embarazada y algún miembro del circo la oyó decírselo a Malcolm, contándoselo posteriormente a los Van Dijken que consiguieron gracia a sus relaciones con el director del circo que Malcolm fuese expulsado aquella noche, reteniendo a su hija junto a ellos y yéndose a la mañana siguiente a toda prisa con destino a otro país sin que el joven tuviese constancia de ello.

Gracias a la forma de pensar de sus padres, Sutton pudo seguir adelante con el embarazo, durante el cual al principio aún hacia acrobacias que no conllevaban un riesgo importante y luego ya se encargaba de tareas más pequeñas relativas al mundo del circo. La primavera siguiente a que Malcolm desapareciera de su vida, nació en Florencia donde se encontraban en aquellos momentos, el pequeño Vincent, siendo dos años más tarde cuando el destino quiso que se volviese a cruzar con Malcolm. En esos dos años podrían haber pasado muchas cosas, pero la suerte quiso que Sutton no se hubiese comprometido con nadie.

Esta vez las cosas fueron bastante diferentes a la primera vez que Malcolm se encontró con el circo. En esta ocasión no le dejaron acercarse, llegando incluso a las amenazas si se acercaba a cualquiera que perteneciera a circo. Fue la propia Sutton la que se armó de valor esa misma noche, cogió todas sus pertenencias metiéndolas en una maleta, el dinero que le pertenecía, y al pequeño y dormido Vincent y dejó atrás a la única familia que había conocido hasta entonces, dejando una carta dirigida a sus padres y hermano. Fue hasta la ciudad junto a la que habían instalado las carpas y el circo en general, donde encontró a Malcolm en el único hotel de la zona (lo cual también fue una suerte). No tenía intenciones de volver a su antigua vida y conscientes de que si esperaban a la mañana siguiente para irse podían encontrarles y obligarla y forzarla a volver a “su hogar”, decidieron irse aquella misma noche y alejarse todo lo posible de París. Sí, curiosamente Sutton abandonó a su familia y al circo en la misma ciudad donde nació y empezó a formar parte de todo aquello.

El siguiente destino la pequeña y recién reunida familia, fue Irlanda, el lugar de nacimiento de Malcolm y también curiosamente de la madre de Sutton, donde pasaron sus siguientes dos años de vida, en los que Malcolm trabajó como Ilusionista y ella le ayudaba con sus trucos, durante este período de tiempo también formalizaron su relación casándose. A los seis meses de cumplir los veinticuatro descubrió que volvía a estar embarazada, lo que no alteró los planes de la familia de viajar hasta Londres para tomar el Titanic e irse a América, motivo por el cual la pequeña Savannah nació tres meses antes de embarcar en la capital del Reino Unido.

¿Qué esperan los Lynch en América? Además de un cambio de aires (y alejarse más si cabe de la familia de Sutton) esperan encontrar la oportunidad de enrolarse en algún circo itinerante de América, pues después de todo es parte de la vida de ellos… o seguir con el empleo de ilusionismo por su propia cuenta sin tener que depender de nadie.