domingo, 19 de enero de 2014

Los padres de él [Part I]

Conocer a los padres de tu pareja es probablemente uno de los momentos en la relación que más vértigo puede llegar a producir en una persona. En mi caso todo esto se multiplica y se complica de una manera casi ridícula. Los padres de Asier han llegado a Nueva York y no sólo van a cenar con nosotros. No, eso no es lo peor. Lo peor es que sus padres no tienen ni la más remota idea de que nos hemos casado, que yo soy su esposa y que el bebé que está a punto de nacer es hijo de él y por lo tanto su nieto. He insistido los últimos meses a Asier en que se lo contará, que de esa manera la noticia no sería tan impactante, pero él ha insistido en que prefería contárselo en persona… Y ahora que ha llegado el momento parece haberse echado atrás, pidiéndole a mi hermano que finja ser mi esposo y el padre del bebé. Mi cara ha sido de estupefacción y Jason incluso se ha echado unas risas, hasta darse cuenta de la seriedad con la que hablaba Asier. Sí, lo decía bien en serio y no había manera de hacerle entrar en razón, así que, le haremos feliz hasta que decida decir la verdad, que de todos modos en algún momento acabara saliendo a la luz.

Los nervios están a punto de acabar conmigo mientras camino por el salón con el ojo avizor de Asier puesto encima de mí que además parece preocupado porque eso pueda hacerle algo al bebé. ¡Qué tonterías! Pero así es él y es una de las cosas que más ternura posiblemente me producen de su persona, es una de las cosas por las que le amo. El destino quiere que justo en el momento en que toma una de mis manos para tranquilizarme suene el timbre. Pensando que sería Jason decide no soltarme de la mano encontrándonos precisamente con sus padres cuando abre la puerta. Pega un brinco y noto que me suelta la mano.

-  Buenas noches – Una sonrisa tímida se dibuja en mi rostro. Asier a mi lado parece haberse quedado mudo antes de reaccionar y saludar a sus padres, aunque no de una forma tan efusiva como lo hice yo cuando llegamos a Nueva York a bordo del Carpathia y me encontré con mi padre en el puerto. Aquel abrazo y las lágrimas que salieron de mis ojos y de los suyos, aquella seguridad que sentí y el enorme alivio no se podía comparar con la frialdad que notaba entre los Lévesque y su propio hijo. Frédéric y Céline Lévesque, mis suegros. – Pueden pasar… - Hago un gesto con la mano indicando el comedor, mientras el señor Lévesque cuelga los abrigos donde Asier le ha señalado.

- Que…mantel más…ehm…presentable – murmura la mujer de cabellos castaños y con los mismos ojos azules que su hijo. Señoras y señores si creían hasta este momento que Asier podía llegar a ser distante, frío y sarcástico es porque no conocíamos a su madre. Desde luego no conozco aura más fría que la suya. Una de esas que hace que quieras alejarte a toda prisa y no volver a verla, pero me toca tragar porque aunque ella no lo sepa soy su nuera y tengo que mostrar mi mejor cara, algo que después de trabajar de doncella se me da bastante bien. – Pueden…sentarse.

Sí, he decidido ignorar ese veneno tóxico que ha salido por la boca de esa mujer. ¿Qué le pasa a MI mantel? Porque, que yo sepa es un mantel normal y corriente, uno que cualquier persona de clase baja-media tendría. Rojo, porque se acerca la Navidad. ¿Tan malo es? ¿Acaso odia el rojo? Decido que eso me va a dar igual. Miro de soslayo a Asier y le dedico una sonrisa que él no tarda en devolverme al tiempo que se encoge de hombros. Tengo la sensación de que se siente más perdido que yo.

- Oui, podéis tomar asiento, Valerie ha puesto su empeño y esfuerzo en hacer la cena. – Orgullo es lo que siento en ese momento, y una enorme tentación de abrazarle y besarle en ese mismo momento dándome completamente igual que estén esos señores, mis suegros frente a mí. Sus padres intercambian una mirada y arrastran lenta y dolorosamente la silla para sentarse y mirarlo todo. Tengo la sensación de que analizan cada pequeño detalle de la habitación, buscando pegas o algo que criticar y, decido de inmediato que el odio que está naciendo dentro de mí hacia ellos es algo totalmente comprensible.

- ¿Y bien? ¿Ese marido suyo va a venir a cenar con nosotros también? – Noto sus pupilas y esos iris azules de Frédéric sobre mí, sobre Asier. Las manos me sudan durante unos segundos antes de recobrar la compostura. No puedo hacer otra cosa que mirarle sorprendida unos segundos antes de contestar.

- Sí, claro. Debe de estar a punto de llegar… - En realidad Jason debería haber llegado antes que ellos, pero algo debe de haber pasado y de ahí su retraso. No puedo evitar mirar unos segundos al reloj que hay en el salón.

- Eso espero, no sería “bonito” que nos hiciera esperar – La sonrisa irónica que se dibuja en su rostro consigue me hierva la sangre y tengo que recordarme a mí misma porque estoy haciendo todo eso.

- Querida… Creo que hay un poco de polvo en el jarrón. No pongo en duda nada, sólo quería que lo supieras. - ¿En serio? ¿No lo pone en duda? ¿Entonces por qué evita el contacto visual conmigo? Empiezo a sentir que me convierto en una bomba de relojería… nada conveniente para una mujer que está en su último mes de embarazo.

- ¿En serio? Será que tengo problemas de vista o algo. – Ahora la que sonríe con ironía soy yo. ¡A la porra! Estoy harta de dejarme avasallar por dos franceses, que encima no tienen prácticamente donde caerse muertos, a quienes su hijo va a sacarles del pozo y que no tengan más que palabras hirientes hacia mí persona.

La oigo carraspear y sonrío por dentro antes de ver como baja la mirada hasta su regazo – Bueno… Errores los tenemos todos, ¿no? – El intento de risa por parte de Asier después de defenderme para que no haya tanta tensión en el ambiente, al menos a mí consigue relajarme y bajarme los humos lo suficiente como para poder seguir con toda esa pantomima.

- Buenas noches – Vuelvo la vista casi de inmediato con una sonrisa al reconocer la voz de mi hermanastro Jason, su aparición en el comedor para mí es una bendición en estos momentos y no puedo evitar ampliar la sonrisa cuando se acerca hasta mí y me besa en la mejilla.

- Bonne…nuit. – Noto que los ojos de Asier se entornan ligeramente y no puedo evitar reír para mis adentros, pues es él mismo que ha ideado toda esta situación y ahora se pone celoso lo cual no deja de divertirme. – Él es Jason, el ehm… El… Jason. – Frédéric se levanta y algo me dice que sólo se trata de pura cortesía.

- Bonsoir monsier Jason.

- Al final llegaste a tiempo… - Y mis ojos no pueden evitar buscar a Céline aunque sea sólo por molestar, por haber puesto en duda anteriormente cosas sobre mí.

- Buenas noches señor Lévesque, señora Lévesque. Asier ha hablado mucho de…ustedes. – Bueno, tanto como mucho… Siempre ha sido reservado en cuanto a sus padres y ahora creo entender porque. Mis ojos marrones se posan en Jason. El típico chico americano de ojos claros color miel y pelo rubio ceniza. Apuesto, elegante y educado. Lo que se diría un buen partido.

- ¿Os hablado de nosotros? – Pregunta Frédéric y noto que hasta Céline se ha centrado en Jason lo cual me permite respirar un momento con tranquilidad y no sentir tanta presión sobre mí.

- Sí bueno… Les he dicho que los Lévesque somos muy… “Lévesque” – Se ríe Asier carraspeando casi enseguida para callar y yo caigo en la cuenta de que yo ahora también soy una Lévesque y no puedo evitar esbozar una sonrisa. De esas sonrisas que sólo tú misma entiendes. Dentro de mí noto patalear al bebé unos segundos antes de que el dolor de una nueva contracción me invada. Se han estado repitiendo de forma asidua estos días, pero he decidido no darle demasiada importancia. Vanessa me dijo hace una semana que era normal que las últimas semanas tuviera contracciones.

- Sí, claro, pero sobre todo Alice… Os…echaba de menos. – Decido intervenir recordando a mi pequeña cuñada que tanto cariño me tiene. Dista mucho del que creo que me tendrán sus padres. Cero.

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